La Candelaria, una utopía cimentada sobre un cementerio de invenciones

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Foto de Santiago García en la obra Camilo, tomada por Carlos Mario Lema.

Por: Cristhian Avila

Última entrega

“Los hombres hacen su propia historia,
pero no lo hacen a su propio arbitrio,  bajo circunstancias elegidas por ellos,
sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente,
que existen y les han sido legadas por el pasado”.

Marx[i]

La historia del Teatro La Candelaria también puede ser el recuento de muchas luchas. En sus inicios, se enfrentaron a los establecimientos de la época para fundar junto a otros creadores un movimiento teatral nuevo y refrescante que no solo sirviera para entretener sino también para hacer reflexionar un país, para cambiar el mundo; luego, se inventaron una forma de trabajo colectivo para escribir y presentar sus propias obras y poder hablar desde allí de todo lo que ellos consideraban importante;  luego vinieron las tentaciones del arte fácil, las fórmulas mágicas, el ansía de  lujos y dinero, pero sobrevivieron y aun así construyeron un proyecto de vida juntos a pesar de los abandonos y las decepciones; nunca perdieron el atrevimiento de mirar a un país en guerra de frente y soportar por eso las amenazas y las intimidaciones, por dedicarse a estudiar un país desde diferentes lentes – desde la historia, la lucha de clases, las ciudades, la guerra, el campo, sus hombres y sus mujeres-; se reinventaron una y otra vez en cada una de sus obras con los ojos de asombro de cualquier aprendiz que se quiere comer el mundo y los caminos insondables del teatro se convirtió en su credo. Parecía que lo habían superado todo, absolutamente todo, se habían vuelto leyenda, pero el nuevo siglo los obligó a enfrentarse a algo mucho más grande que ellos mismos: el inexorable paso del tiempo y sus repercusiones.

El reto del Teatro La Candelaria en estos diez últimos años ha sido entender y convivir con el aliento de la muerte a sus espaldas y re-pensar una vez más como sobrevivir a la condición finita del ser humano, filosofar sobre la trascendencia más allá de la vida e ingeniar nuevas maromas para poder plantarle cara al tiempo y mostrarle, cuando sea necesario, los dientes. De esto se trata esta última entrega y para poder hablar de ello, habría que remitirse a las preocupaciones estéticas de este grupo de teatro a comienzos del siglo XXI.

El impacto de las nuevas tecnologías, los nuevos modelos y procedimientos del terrorismo global, la inflación y especulación de las burbujas financieras sumada a la desconfianza total en las grandes utopías y la priorización de la imagen y del espectáculo en la vida cotidiana, transformaron por completo a una sociedad que cambió sus expectativas y su manera de entender el mundo. Por supuesto, el campo del arte se vio profundamente afectado y como consecuencia se abrieron nuevos caminos y procedimientos tanto técnicos, conceptuales y estéticos, que en relación a las artes escénicas tenían que ver con discusiones relacionadas con conceptos como la representación vs. la presentación, la muerte de la fábula, el ritual y los nuevos credos, el performance, que sumado a los avances de la ciencia y el encuentro con dramaturgias que iban más allá del drama, empezaron a interesar poderosamente al grupo, en especial a su cabeza, a Santiago García.

La memoria y el inconsciente colectivo, el llamado teatro posdramático y la física cuántica se volvieron los temas de conversación permanente en las jornadas matutinas de trabajo en el cuartel general del grupo y de allí salieron sus siguientes creaciones: De caos & Deca-caos partió por ejemplo, del principio del efecto mariposa para elaborar una radiografía sobre las clases altas de la sociedad capitalina, llevando este principio a cada uno de estos cuadros, donde cada personaje terminaba por llegar a un momento límite donde explotaba y revelaba sus más bajos instintos; en Nayra, la fábula deja de importar, la idea de lo fractal en la dramaturgia que aparecía en De caos & Deca-caos se radicaliza y el espacio se transforma para ofrecer al espectador una experiencia mística donde se reflexiona sobre los íconos y los mitos contemporáneos del pueblo latinoamericano. La obra se presenta como una larga procesión de personajes que juega con las imágenes de las tradiciones y creencias que subyacen en el inconsciente colectivo latinoamericano, es decir, en la memoria compartida de toda una región rica en la mezcla de ritos y ceremonias heredadas de diversas tradiciones –indígenas, africanas, europeas, anglosajonas-, hiladas desde la construcción de una atmósfera, de una energía particular que conectará tanto a actuantes como espectadores en este “convivio” singular como lo señalaría Dubatti, poniendo a todos los participantes en una misma comunión.

Antígona, estrenada en el 2006, le da un giro muy particular al asunto de la memoria y bajo la batuta de Patricia Ariza, siempre interesada en hablar directamente del país y del papel de la mujer en la sociedad, el grupo decide mirar al pasado (Señal inconsciente del proceso que va a vivir el grupo con intensidad en este nuevo periodo.) y escoger un texto clásico para hablar sobre el presente. En este caso el texto seleccionado es esta tragedia griega escrita por Sófocles, que tiene como historia central la lucha de Antígona por enterrar a sus muertos a pesar de la prohibición del Rey, quien impide que este ritual de duelo se realice. En Colombia, la fuerte pugna entre diferentes actores armados: Estado, guerrilla, paramilitares, convirtieron al país en un territorio de Antígonas que se veían obligadas a dejar que sus muertos se pudrieran en las calles y en las carreteras por temor a sufrir la misma suerte. La misma Patricia Ariza se encontró con historias muy cercanas en sus visitas a lugares como Urabá o Barrancabermeja y por esta razón insistió ante el grupo sobre la necesidad de adaptar este texto. La obra se concentró en no darle un solo rostro a Antígona ni tampoco a Ismene, las dos mujeres protagonistas de la obra, y jugó con el recurso de la multiplicidad del personaje donde varias actrices representan al mismo personaje pero desde diferentes facetas, una resolución escénica que no otorga un solo rostro a las víctimas sino múltiples, como pasa en la vida real. La obra es un manifiesto que clama por justicia, por una ley que va más allá del mundo de los hombres, y en cierto sentido, retoma esa lucha activista desde la escena que es tan afín a Ariza y que permeará indiscutiblemente este último periodo de La Candelaria, pero también la obra al igual que sus telones de plástico, se tiñe de nostalgia, una nostalgia que no se sabe de dónde sale pero que se respira en el ambiente.

Mientras ocurría este montaje, algunos de sus integrantes se fueron o pedían pista para hacerlo. El gran actor Fernando Peñuela, también director y dramaturgo de alguno de los montajes del grupo, se retiró después de más de 30 años de trabajo con el colectivo, así mismo lo hicieron actores como Fabio Velasco y actrices como Shirley Martínez y Fanny Baena, quienes por razones distintas, sentían que debían enfrentar nuevos caminos pero ahora en solitario. Baena, por ejemplo, explica que sus motivaciones tenían que ver con la idea de salir de la zona de confort, premisa que Santiago García siempre alentaba en el grupo y como La Candelaria ungía por momentos como una gran Mamá que todo lo daba a sus actores, pues prefirió salir de allí y saltar al vacío como lo habían hecho antes otros compañeros suyos, incluido el mismo Peñuela. “En mi caso, ya había cumplido la mayoría de edad con el grupo y cuando uno ya es mayor, lo mejor es irse de la casa”[ii].

Estos recientes eventos, el innegable hecho de que muchos de sus integrantes ya sobrepasaran los sesenta años de edad, y la pregunta sobre la presencialidad en la escena, la auto-referencialidad a la hora de construir personajes, de pensar al actor en la escena más que en sus máscaras, puso al grupo en un periodo de reflexión interna sobre su futuro y de cada uno de sus individuos, y como no podría ser de otra forma, esas preguntas intentaron ser indagadas en el teatro mismo. De estas indagaciones surgieron tres montajes: A título personal (2008), A manteles (2010) y Collage Candelaria (2013), todos ellos trabajos de una profunda nostalgia y honestidad que por momentos, para los espectadores, significaba casi que la despedida del grupo.

A título personal es una obra que parte desde el Yo y busca sacar la voz particular de cada uno de los actores dentro de este entramado colectivo donde se reflexiona sobre el país que a cada quien le tocó vivir. Se habla como en otras obras sobre el conflicto armado colombiano, sobre los desaparecidos, sobre política, sobre las nuevas miradas del teatro contemporáneo, pero desde un lugar que no habían tocado antes como grupo, desde la elaboración de un discurso individual donde cada quien debe desnudar su alma y ser responsable de sus declaraciones, de sus acciones. La obra nuevamente más que una fábula, es un crisol de miradas sobre un mismo tema que obliga a los actores a transitar nuevos territorios como sería el performance, como una nueva actitud del cuerpo en la escena. El video tan resistido en otros montajes finalmente encuentra su lugar como elemento expresivo que detona otras posibilidades, como por ejemplo sucede cuando César Badillo se enfrenta a su otro yo virtual y discuten sobre la verdad del actor en el teatro. La obra es sumamente arriesgada porque definitivamente los saca de esa zona de confort que a veces es la representación o el universo de la ficción y se dedican a decir lo que piensan, lo que realmente los afecta, cada uno desde su lugar para construir este canto polifónico, porque ellos no olvidan que el teatro que ellos hacen también busca entretener y por eso, acompañan sus trapitos expuestos al sol con humor, con sátiras, con música, como siempre lo han intentado en sus obras. Su intención de partir desde sus propias historias y expectativas como individuos, conlleva la intención de convertir un discurso personal en un discurso universal, a partir del hecho de evidenciar esas debilidades humanas que todos tenemos y que pertenecen a cada quien pero que también tocan las fibras de cualquier espectador en el mundo, o por lo menos, en nuestro mundo.

A manteles estrenada en el 2010, para muchos de sus espectadores resultaba siendo una especie de segunda parte de A título personal, pero aún más melancólica. El grupo, a diferencia del montaje anterior, asumía de manera más consciente su rol de recolector de recuerdos y la obra que seguía hablando sobre el país, los desaparecidos, también hablaba con mayor vehemencia sobre el papel de los actores en esta historia que ha venido escribiendo La Candelaria, un espacio de creación conjunta pero que cobraba su precio acallando algunas veces las necesidades creativas individuales de sus integrantes, así que esta obra significa un momento de liberación, de reclamo, de catarsis del mismo grupo ante su público y también de valoración sobre su oficio.  El espacio escénico es ocupado por una larga mesa de trece puestos y un telón al fondo donde se proyecta a modo de espejo el escenario, a partir de allí,  los actores inician sus peroratas, sus discursos performativos pero algunos no los finalizan, actos interrumpidos que muchas veces le dan paso a otro actor o actriz, acompañados por un mosaico de canciones que van desde melodías de Alejo Durán y Rubén Blades hasta canciones de los Beatles, himnos de protesta y Mercedes Sosa. Un gran cabaret de pequeños números con aroma de despedida y melancolía. El grupo en esta obra estaba entendiendo aunque se negara a aceptarlo que su principal guía, su buque insignia se estaba apagando poco a poco dominado por el Alzheimer, el mal de la memoria y ya era entonces hora de que descansara. Santiago García ya tenía muchos más de ochenta diciembres sobre su espalda y ya era el momento para que pudiese volver a ser niño otra vez. A manteles fue la última obra dirigida por él.

Esta nueva certeza sobre la condición física del Maestro agudizó la crisis que vivían sus integrantes. La incertidumbre y el recelo cundió todos los rincones de la vieja casona de la Candelaria y muchos opinaron que era el momento de partir. La muerte trágica de Fernando Peñuela a mano propia en el año 2011, fue un golpe muy duro para todo el colectivo y luego el posterior retiro de Nohora Ayala, una de las integrantes más antiguas y respetadas del grupo  -35 años de trabajo- y posteriormente la salida de Libardo Flórez ahondó más la herida. Era en realidad tiempos para entrar en pánico y nadie quería pensar que lo que le pasó al TEC les podría pasar también a ellos. Cuando murió el Maestro Enrique Buenaventura, el grupo de teatro caleño entró en una crisis tan fuerte que la gran mayoría de sus integrantes se fueron yendo y no se reconocía a Jacqueline Vidal, compañera del Maestro como la nueva guía de la institución. Casi quince años después, el TEC aún no ha podido recuperarse de la muerte de Buenaventura y vive de sus glorias pasadas. Era un panorama bastante oscuro el que había que enfrentar.

En ese momento de transición, con la inspiración de García en sus momentos de lucidez, el grupo se hizo una obra-homenaje que se llamó Collage Candelaria, que recogía fragmentos de varias de sus obras realizadas a lo largo de su historia. Este montaje estrenado en el 2012 mientras se cocinaban también las nuevas creaciones colectivas del grupo, es un repaso por obras como Nosotros los Comunes, Guadalupe años sin cuenta, Los díez días que estremecieron al mundo, Dialogo del rebusque, La tras-escena, El paso, La trifulca, El Quijote, De casos & Deca caos, A título personal y A manteles, en un intento por revelar a las nuevas generaciones el genio y la maestría de Santiago García quien, como ya lo hemos dicho en estas entregas en repetidas ocasiones, nunca se aferró a ninguna fórmula, siempre estuvo buscando maneras de renovar y divertir con nuevas posibilidades poéticas el sacro espacio teatral. Este ejercicio escénico fue altamente significativo para el grupo porque le permitió ver de manera frontal, sin tapujos, su historia colectiva, entender que La Candelaria son sus integrantes pero también es más que ellos, y por tanto, esta obra se convierte en una especie de duelo maravilloso en vida que permite la reconciliación en algunos aspectos, volver a afirmar la confianza en las capacidades del otro y tomar conciencia que deben seguir caminando juntos, que son un gigantesco árbol frondoso que se ha caracterizado por mantenerse robusto para poder resistir. Con Collage Candelaria le dijeron adiós a la melancolía y de nuevo se abrazaron juntos para reinventarse una vez más.

Como punto de partida, el grupo decidió dar continuidad a una de las investigaciones en curso relacionada con el último laboratorio de investigación dirigido por el maestro García cuyo centro de exploración había sido el  tema del cuerpo en el teatro. La escogencia del tema se debe en parte al interés del grupo por comprender mejor el problema de lo performativo en las artes escénicas, donde se le da un valor añadido a la presencia del actor en el escenario y sus acciones más allá de sus palabras o de lo que quisiera representar o ficcionalizar. Hay un interés por pensar en el cuerpo como materia y discurso autónomo, como acto capaz de generar otro tipo de conexiones con el espectador que no necesariamente atraviesen la razón sino que afecten directamente las emociones, pensar en un teatro como una experiencia potencializada. Esta investigación se hizo en el 2006 y muchas de esas discusiones se vieron reflejadas en esa trilogía de la reminiscencia o de la auto-referencialidad que fueron A título personal, A manteles y Collage Candelaria, pero aún quedaba mucha tela más para cortar y alrededor de algunas improvisaciones arrojadas en esos años, de las propias preocupaciones de los integrantes sobre temas como el cuerpo ausente, la dramaturgia del actor, o el cuerpo festivo, y la voluntad de renovar la sinergia del grupo, se propone al interior del colectivo realizar una trilogía simultanea partiendo de estos temas relacionados con el cuerpo.

En el año 2012, el grupo se enfoca en este nuevo proceso mientras se avanza también en el montaje conmemorativo de Collage Candelaria. Se escogen tres grandes sub-temas para explorar que en este caso son el cuerpo de la memoria, el cuerpo festivo y el cuerpo poético, y el colectivo se divide en tres grupos de trabajo con la intención inicial de hacer un tríptico, que funcionara de manera independiente pero también funcionaran como una unidad si eran presentadas una junto a las otras, pero cada uno de los experimentos se volvió un animal grande y empezaron a tener vida propia. Cada una representaba en cierta medida la apuesta estética y política que cada sub-grupo quería evidenciar, demostrando de esta manera su visión particular sobre lo que consideraban podía ser el futuro artístico de La Candelaria. Así, entre agosto de 2012 y marzo del 2013 se estrenaron una tras otra las obras Cuerpos Gloriosos, Soma Mnemosine y  Si el río hablara.

Para poder poner en marcha esta trilogía, el grupo decidió abrir sus puertas a nuevos integrantes, cosa que no habían hecho desde 1998. El colectivo necesitaba energía joven que renovara el espíritu del grupo. Para los que no lo sepan, entrar al grupo es comprometerse a entrar a una nueva familia, por lo cual los Candelarios son muy cuidadosos en la selección de las personas que van a ingresar, poniendo a los aspirantes en un periodo de prueba y camino de conocimiento mútuo mediante la aceptación de un camino para convertirse en actor/actriz de planta de La Candelaria. En un principio, los interesados solicitan mediante una carta su intención de acercarse al grupo y realizar un stage que puede durar un año y luego, si hay un entendimiento, los interesados se convierten en aspirantes donde empiezan a beneficiarse más directamente de lo que significa ser parte del grupo. Al final, el grupo se reúne en una Asamblea para deliberar la conveniencia o no de aceptar la petición de ingreso formal al colectivo y después de un largo proceso el aspirante se convierte en integrante activo, con voz y voto, en las decisiones que tome la agrupación sobre su futuro. La decisión siempre ha sido aceptar solo colombianos pero últimamente están valorando la entrada también de extranjeros. En esta última etapa las puertas de La Candelaria se abrieron a cinco nuevos integrantes: César Amézquita quien inició su segundo stage con el grupo en el año 2011 y se convirtió en actor de planta de La Candelaria a partir del año 2014; Edith Laverde y Erika Guzmán iniciaron su stage en el año 2014, y desde 2015, junto a Camilo Amórtegui y Diego Vargas son aspirantes a actores de planta.

Volviendo a las nuevas obras relacionadas con la trilogía del cuerpo, Soma Mnemosine fue dirigida por Patricia Ariza y fiel a sus impulsos creativos se lanzó a un experimento escénico que reflexionara sobre la amnesia colectiva del pueblo colombiano que afectada por el bombardeo informativo y la cultura del espectáculo, olvida y recicla con facilidad los acontecimientos que afectan su cotidianidad. Esta obra podría verse como un homenaje a los integrantes de la Unión Patriótica – UP,  exterminados en la década de los 80 y 90 pero también a los desaparecidos, a las víctimas de las masacres perpetradas en diferentes partes del país, que se cuenta como una gran instalación escénico/performativa donde los espectadores deben recorrer la vieja casa colonial, para encontrarse con una serie de acciones diversas y varias proyecciones de video que reflexionan sobre el dolor de la desaparición de los cuerpos, de su invisibilización pero mezcladas con una especie de reivindicación de la fiesta, para celebrar la memoria de esos muertos que por unos instantes han sido invocados y desterrados al olvido.

Si el río hablara, otro de los montajes de esta trilogía sobre el cuerpo, estuvo a cargo de César Badillo quien con su grupo de colaboradores-actores, construye una fábula siniestra y fantástica alrededor de las historias relacionadas sobre el rescate de cuerpos inertes en el río Magdalena, por parte de pescadores para luego ofrecerles una digna sepultura. En el caso particular de la obra, el montaje presenta la historia de tres personajes: una mujer que se encarga de recoger, velar y arreglar a los muertos como una estrategia para buscar el alivio del alma y luchar contra el olvido, y una pareja de muertos quienes no han podido descansar aún en paz porque necesitan respuestas para asumir tranquilos su viaje al más allá. La mujer muerta busca en el limbo en que se encuentra a su hija desaparecida y el hombre muerto, despojado de sus recuerdos, va recordando poco a poco el victimario que en vida fue. Una bella metáfora sobre el cuerpo ausente, sobre la muerte y la necesidad del duelo para una nación en permanente conflicto armado.

Cuerpos gloriosos cierra esta trilogía y estuvo bajo la dirección de Rafael Giraldo, más conocido como “Paletas”. Escrita por Adelaida Otálora y bajo la batuta musical de Hernando Forero –quien se ha encargado de musicalizar varias de las obras de este grupo- presentan una obra que rescata muchos de los recursos festivos y populares que La Candelaria ha utilizado en sus montajes. La historia se centra en la crónica de una periodista quien ha salido de la ciudad en busca de paz y tranquilidad y se encuentra con un pueblo en plena celebración de sus ferias y fiestas, revelando así el carácter violento y esperpéntico de la sociedad colombiana, acostumbrada a celebrar con alcohol, con pólvora y disparos al aire, a emocionarse con reinados de belleza populares y ocultar sus excesos en las ceremonias religiosas. El montaje recurre al uso del fragmento para avanzar en la narración y a los intermedios musicales para aligerar el desarrollo de la pieza.

La realización de estas tres obras confirmó la vitalidad creativa de sus integrantes y le dio una nueva sinergia al grupo. Era claro que había futuro más allá de la presencia del Maestro García y que el grupo seguía igual de vigente y vanguardista, como siempre. Así que se reunieron de nuevo todos los integrantes, nuevos y antiguos, a fraguar un nuevo espectáculo que sirviera de celebración para su primer medio siglo de existencia y de paso, reafirmara ante el mundo que estaban más vivos y unidos que nunca para hacer lo que más les ha gustado desde siempre: crear juntos.

Después de muchas deliberaciones, de escuchar propuestas diversas, se decidió emprender una nueva creación colectiva dirigida por Patricia Ariza, que tuviera como tema central la vida y obra de Camilo Torres, figura fundamental dentro de la historia de los movimientos sociales en Colombia en la década de los 70. Hacer una obra alrededor de este personaje le permitía al grupo navegar sobre tópicos conocidos afines al estilo que construyeron a lo largo de esos cincuenta años, pero así mismo, experimentar con nuevas herramientas que tal vez antes no se habían utilizado tanto. Curiosamente, al igual que algunas de sus primeras obras como Guadalupe años sin cuenta, la idea de construir la imagen de un personaje ausente a través de los diversos relatos de los actores fue una estrategia para hilar la dramaturgia de la obra. Como en Antígona, no había un solo Camilo sino múltiples, hombres y mujeres construyeron sus propias versiones que permitían ver la multiplicidad de este personaje que fue guerrillero, sacerdote, pensador, fundador de la carrera de Sociología, defensor de los derechos de los pobres, en fin, muchas personas que habitaron un mismo cuerpo. La obra volvió a apropiarse del recurso de la fragmentación y así a través de múltiples cuadros iban sucediendo las distintas escenas que armaban este universo fractal. En el espacio solo aparecían unos cuantos objetos llenos de una fuerte carga dramática con los que interactuaban los actuantes y la música popular aparecía como mecanismo de relajación entre los distintos cuadros. La fiesta estaba presente, la reflexión sobre la memoria también, el país mirado desde distintas ópticas seguía siendo una búsqueda pero a diferencia de otros montajes, el video aparecía con gran fuerza, como un actor más que conversa con el espectáculo y la danza, estrategia no tan utilizada en montajes anteriores (a excepción quizás de Femina Ludens) se convertía aquí en un recurso fundamental ofreciendo una serie de exquisitas partituras coreográficas que se integraban de manera contundente en el espectáculo.

Durante esta época murió otro de los miembros fundadores, Francisco Martinez, «Pachito», quien no pudo seguir interpretando uno de los Camilos en este montaje, pero aunque el dolor llenó de luto de nuevo a La Candelaria, el grupo lo asumió de una manera diferente frente a sus otras ausencias. Comprendió que el escenario también es un espacio para la inmortalidad y que ahora La Candelaria no eran solo los vivos sino también sus muertos. En video, revive entonces Pachito lanzando su último discurso como Camilo, así como en los últimas presentaciones se convierten en muñecos Peñuela o el mismo Martínez. Así que el Teatro La Candelaria ha demostrado aún más que puede seguir resistiendo otros cincuenta años, que seguirán construyendo e inventando a partir de su historia y su estilo pero sin acomodarse, asombrándose permanentemente con el movimiento del mundo, porque como decía el Maestro García: “El arte no es una suma de hallazgos sino un cementerio de invenciones”[iii] y “la mejor obra siempre será la que viene”. Así que sus seguidores seguiremos atentos a sus próximas locuras porque aún cuerda tienen para rato.


[i] Marx, Karl. “EL dieciocho brumario de Luis Bonaparte”. Moscú: Ediciones en lenguas extranjeras: 1955.

[ii] Entrevista a Fanny Baena realizada el 22 de julio en 2016 para la realización de este artículo.

[iii] Satizabal, Carlos (2007). Entrevista a Santiago García: para el arte las peores épocas son las más interesantes. Conjunto (143) 37 – 47.

Nota: A continuación, se harán algunas aclaraciones o se corregirán algunos datos arrojados en las anteriores entregas, así como los agradecimientos pertinentes para la realización de esta última entrega:

– La sede actual de la Candelaria queda en la Calle 12 No. 2-59. En la primera entrega se dio la dirección de la sede actual de la Corporación Colombiana de Teatro que es vecina a la Candelaria.

– Hernando Forero, más conocido como “Poli”, entró al grupo en el año 1972 y además de actuar se ha encargado siempre de apoyar, dirigir y componer la banda sonora de las obras de la Candelaria. Ignacio Rodríguez en su paso por el grupo también colaboró en la composición e interpretación musical de las obras.

– Si hallan otro dato falso por favor, colocarlo en los comentarios para que los lectores se den cuenta de estas erratas.

– Agradezco a Fanny Baena, ex integrante del grupo y a otros investigadores por regalarme parte de su tiempo y darme sus visiones sobre la historia reciente del grupo.

– Gracias a William Guevara y a Kiosko Teatral, por abrirme las puertas de su espacio para contar esta larga historia.

Bibliografía completa

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