Carolina Vivas y Carlos Celdrán: mensajes del Día mundial del Teatro 2019

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Desde 1961, el 27 de marzo se formalizó como el Día mundial del Teatro. Y cada país, cada región, cada ciudad, cada población, cada agrupación, cada artista, lo celebra a su manera. El Instituto Internacional del Teatro – ITI, para conmemorar esta fecha por él institucionalizada, invita a un artista teatral de renombre internacional para que envíe un mensaje a la comunidad mundial, y los representantes de cada país asociado a esta organización hacen lo mismo con un artista nacional. Para este 2019, un latinoamericano es el encargado de ofrecer sus palabras, y es una de las más representativas dramaturgas y directoras de nuestro país, quien en esta ocasión nos ofrece su reflexión. Ambos textos, contundentes, son para celebrar.

Carlos Celdrán (Foto de Laura Ramos): director de escena, dramaturgo y educador teatral cubano. Fundador de la agrupación Argos Teatro con sede en La Habana. Es profesor del Instituto Superior de Arte de Cuba y presidente del Comité Cubano del Instituto Internacional de Teatro – ITI. Ganador del Premio Nacional de Teatro de Cuba en 2016, entre otras distinciones. Aquí sus palabras:

Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allí. Habían construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio, desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y, lentamente, tras años de trabajo y logros extraordinarios, fueron dejando su sitio y desparecieron. Cuando entendí que mi oficio y mi destino personal sería seguir sus pasos, entendí también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro, sin más protección que la verdad de un gesto, de una palabra reveladora.

Mi país teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disímiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas, unos minutos. Con esos momentos únicos construyo mi vida, dejo de ser yo, de sufrir por mí mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efímera, donde sabemos que lo que decimos y hacemos, allí, bajo la luz de la escena, es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros. Mi país teatral, el mío y el de mis actores, es un país tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras, la retórica, el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad.

La tradición del teatro es horizontal. No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo, en alguna ciudad o edificio privilegiado. El teatro, como yo lo he recibido, se extiende por una geografía invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanía teatral en un mismo gesto unificador. Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles, todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres. Los maestros de teatro lo saben, no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raíz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades. No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron. Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público, que entiende en un instante que lo que allí pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera, que la verdad que allí comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.

Cuando entendí que el teatro era un país en sí mismo, un gran territorio que abarca el mundo entero, nació en mi una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras, no tienes que correr ni desplazarte. Allí donde existes está el público. Allí están los compañeros que necesitas a tu lado. Allá, fuera de tu casa, tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante, hacia el momento, hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes. Tu viaje es hacia ellos, hacia su corazón, hacia su subjetividad. Viajas por dentro de ellos, de sus emociones, de sus recuerdos que despiertas y movilizas. Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo. Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida, es un viaje a través del imaginario de tu gente, una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cívica, ética y humana de tus espectadores. Por ello, no me muevo, continúo en mi casa, entre mis allegados, en aparente quietud, trabajando día y noche, porque tengo el secreto de la velocidad.

Carolina Vivas Ferreira: dramaturga, actriz y directora de teatro. Egresada de la Escuela Nacional de Arte Dramático – ENAD. En la década de los ochenta fue actriz del grupo La Candelaria. Junto con Ignacio Rodríguez fundó la agrupación Umbral Teatro. Lidera el proyecto Taller Metropolitano de dramaturgia Punto Cadeneta Punto de Umbral Teatro. Es ganadora de varios premios y reconocimientos. Aquí sus palabras:

El teatro soyereses y el teatro somossoisson o la coexistencia de los pronombres

“Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo” José Saramago

Celebrar el día internacional del teatro es celebrar la vida, el suceso único e irrepetible que es el teatro, ese espacio tiempo en que es posible el encuentro y el disenso. Frente al avance del mundo virtual y la vertiginosa manera en que nos hemos instalado en él, el teatro y las artes vivas se presentan como posibilidades exquisitas del convivio, que un arte hecho de humanidad permite.

En el teatro colombiano de hoy florecen sanos y vitales los jóvenes teatristas; son claros los efectos de la riquísima tradición del teatro nacional y de la existencia de las escuelas de artes escénicas; efectos que se cristalizan, en la aparición de salas y colectivos que emergen con propuestas vigorosas y variadas temáticas. Pero la vitalidad de nuestro teatro se hace visible también, en la permanencia en el oficio de quienes vivimos, creamos, teatriamos y celebramos el día internacional del teatro, porque permanecemos en él, activos y creativos por 40, 50 años y más.

La tragedia de un día a día en el que la empresa privada asalta al estado, secuestra las instituciones y hace de la sociedad civil su rehén, se ve reflejada en la ferocidad con la que está siendo atacada la madre tierra. Resulta urgente que desde el arte y todas las orillas posibles, se clame por detener el biocidio que se está cometiendo. Cómo asistir en silencio a la tragedia de un gobierno que permite que de la mano de empresas estatales, los privados asesinen a uno de los dos ríos más importantes, en cuya ribera se ha consolidado nuestra historia económica y cultural. Esas son angustias puntuales de la mujer y el hombre colombianos de hoy, son esas las circunstancias en las que se desenvuelven los personajes de un teatro que reflexione sobre el presente. La pretensión de igualar el mundo en pos de allanar el camino al consumo, el dar a las manifestaciones culturales y artísticas, así como a la tradición de los pueblos, un valor de cambio, el confundir el arte con la industria del entretenimiento, es restarle valor espiritual, su relación con la memoria, su potencial critico; eso es lo que esconde el discurso de la economía de colores. Necesitamos un movimiento teatral vivo y diverso, en el que co existan y se nutran las miradas y propuestas de los jóvenes creadores y de los creadores de trayectoria. Hoy más que nunca tenemos la necesidad del diálogo, de un gremio fuerte que pueda hacer frente a los peligros que conlleva la exigencia de volverse “rentable”.

¿Cómo lograr que la sobrevivencia económica y el llamado emprendimiento, no vayan en contravía de la investigación-creación, cuyo objetivo no es producir dinero? Una sociedad que exige rentabilidad económica a los artistas, a los investigadores sociales y o científicos, está condenada a frenar el desarrollo de la ciencia y la cultura. No necesitamos un teatro que de ganancias económicas, un teatro disfrazado de objetividad, que pretenda que la exposición de los hechos basta, negando quizás lo más importante que puede un creador ofrecer: su punto de vista, con el cual desestabilizar la mirada oficial. Es preciso, sea con la risa, la sonrisa, la carcajada, la lágrima, la conmoción, proponer visiones de realidad que hagan contrapeso a la mirada del establecimiento.

Exigimos la ampliación de los recursos destinados a programas de estímulos nacionales y locales y una Ley del teatro con dinero, que amplié las fuentes de financiación. Solicitamos, que ante las políticas de austeridad del gobierno, el estado sirva de vínculo con la empresa privada, para que esta invierta no solo en los espectáculos masivos, sino en las diversas ramas del arte, a la luz de la deducción de impuestos que les supone el apoyar la cultura.

Algunos países cuentan con fondos y entidades que promueven su producción teatral y dramatúrgica. Invitamos a las entidades gubernamentales que administran la cultura, a difundir el teatro colombiano que hacemos los teatristas, en su amplitud y diversidad, a nivel nacional e internacional. Instamos al gobierno nacional, a construir la paz con nuestro teatro, a promover el teatro nacional en municipios y ciudades, considerando su capacidad cuestionadora, su aporte a la construcción de la memoria histórica y su capacidad de fortalecer el diálogo y el tejido social.

En el país de la paradoja y el eufemismo, hoy, una vez más, el intento de la paz se frustra con la acción de un gobierno, que aboga por la perpetuación de un conflicto que no reconoce. Florece la política pública del glifosato, perecen las políticas culturales, aparecen en nuestra realidad personajes Shakesperianos, el rey Hamlet, Claudio, envenenamientos y más… Antes que nos invada el cotidianhorror, enfermedad que se transforma en indiferencia, atrevámonos a preguntarnos donde es necesario “poner el ojo”, desde donde podemos mirar el dolor, husmear tras las puertas las familias enfermas, los amores desequilibrados; es necesario indagar en lo muy privado, allí donde también habita lo político y preguntarnos en qué lugar de mirada queremos poner al espectador para percibir las sombras, los nudos ciegos de la cultura.

La necesidad de dar cuenta de esas realidades innombrables, inaprensibles, retan al teatro y la dramaturgia, le exigen procedimientos y estrategias que le permitan darles forma artística. Hoy, cuando el negacionismo pretende instalarse y se afirma que el genocidio de millones de indígenas no existió, sino que murieron de gripa, se afirma que la masacre de las bananeras surge de la imaginación de García Márquez y no que fue un doloroso hecho histórico, se hace necesario recordar que la guerra de Troya no fue invención del poeta.

“Poderoso caballero es don dinero” señalaba don Francisco de Quevedo en el siglo XVI, pero hoy, de manera definitiva y sin retorno, el imperio del mercado ha terminado por expulsar al hombre del horizonte posible y la vida en todas sus formas, carece de valor. Los intereses económicos determinan nuestra ruta, la que transitamos como personajes trágicos, que no pueden huir de su destino. Hemos de rescatar con nuestros personajes, el valor de la humanidad y de la vida, hoy perdidos. Tarea del teatro, humanizar un ser humano convertido en menos que objeto, sumido en la inmensa soledad que implica la política del sálvese quien pueda. Creo que se hace necesario un teatro necesario, un teatro pertinente, que se pregunte sobre el aquí y el ahora, sobre los dramas de nuestro tiempo, el teatro como laboratorio de fantasía social del que hablaba Heiner Müller.

Invito a los colegas y las colegas a defender espacios de encuentro y reflexión en torno a nuestro oficio, espacios en los cuales podamos compartir procedimientos creativos, disentir, confrontar, teatriar, con o sin el apoyo del estado.

¿Qué tipo de relación necesita el teatro de hoy, establecer con el espectador?

¿Qué temas resulta pertinente tocar, como y desde donde abordarlos?

¿Cómo adecuar a las nuevas políticas culturales, nuestras formas de producción y asociación, sin que ello implique una renuncia a nuestros principios o un sacrificio a la investigación?

¿Cómo hacer del teatro y no de la vida el lugar de la catástrofe?

¡Cómo no celebrar el teatro, ese lugar donde soy, eres, es, somos, sois y son, ese lugar donde pueden coexistir los pronombres personales!

 

 

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