50 años de Yuyachkani: memoria, historia, artivismo y espacio público

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Por Vivian Martínez Tabares

Tomado de En conjunto. Teatro Latinoamericano – Julio 2021

Medio siglo de vida activa en el teatro es, si no una proeza, una demostración contundente de ideas y convicciones para compartir y de capacidades artísticas para convertirlas en discurso permanentemente creativo. Así llegó Yuyachkani a su cumpleaños número 50 el pasado 19 de julio de 2021, en medio de la pandemia y de una aguda crisis política, y así reafirma, para sí y para su público, que siguen recordando su historia y pensando su realidad con el compromiso con el teatro intacto.

Hace justamente un año, mientras participaba con tres de sus compañeras del grupo en un panel de recordación del maestro Santiago García, al cierre del Festival de Teatro Alternativo FESTA, de Bogotá, Miguel Rubio reflexionaba en voz alta sobre cuál teatro correspondía hacer en tiempos de pandemia, en medio de las restricciones sanitarias y un contexto de afectaciones sociales de muy diverso carácter, y concluía proponiendo que su mejor opción estaba en dirigirse al espacio público, pues trabajaba en diseñar un plan para “accionar y pensar el teatro como generador de espacios públicos”, en busca de un modo de “pensar la ciudad como un texto, donde hay historia, memoria, arquitectura”, con posibilidades de actuar que “van más allá de una práctica física, que reproduzca formas convencionales del teatro”, porque “se trata de generar, de indagar, de investigar múltiples relaciones de juego y representación y/o contemplación, y de construir con el otro, con la otra, con los otros, el espacio, y transformarlo para que se vuelva otro espacio”.

Miguel lanzaba así una proyección que no se dirigía a crear espectáculos de calle a la manera convencional, ni a retomar los pasacalles con los que alternaron desde los 80 su labor más formal en el escenario, aunque siempre valdría también de aquellas experiencia, la cualidad transformadora que valorara Peter Elmore al situar los pasacalles y el “trabajo de relaciones” entre el ensayo y el teatro callejero, alejados del canon naturalista para la construcción de los personajes, y con un cauce abierto para la improvisación, que facilita que el espacio de la ficción invada al espacio de la vida cotidiana, y que vuelva a problematizar las articulaciones entre una cultura teatral depurada a lo largo de los años, entre lo histriónico y los elementos de la cultura popular vinculados con danzas tradicionales, el carnaval y la cultura y singular dinámica callejera de ahora mismo.

Así, desde noviembre pasado cuando se produjo el golpe de estado desde el Congreso de la nación, salieron a las calles de Lima para acompañar a los manifestantes y para desplegar maneras de restallante artivismo que hacen valer sus voces, reviven críticamente viejas prácticas de exclusión y dominación, reclaman memoria y justicia para las víctimas de asesinatos, desapariciones y desplazamientos, a la vez que tributan al duelo de tantos muertos de la pandemia presente, que carga en sí misma con pandemias sociales de muy larga data. Marea Roja Ponte el Alma, derivada de un movimiento artístico femenino surgido del mismo nombre, fue una entre muchas acciones que unieron los cuerpos danzantes de las mujeres de Yuyachkani con los de otras artistas para, antes de cada marcha convocada, pintar la calle con los colores de la bandera en las faldas y blusas y contrastar así el rojo de la sangre y el blanco de la paz necesaria. Al mismo tiempo, los hombres, ataviados como viejos señores, enfatizaron públicamente que en el tiempo del Bicentenario de la Independencia, no hay que celebrar sino conmemorar, para visibilizar las deudas coloniales con el pueblo y las antiguas demandas nunca resueltas.

Así, junto a innumerables participaciones de los Yuyas en paneles virtuales, expresando sus sentires y compartiendo sus experiencias, y dictando conferencias y charlas para expandir saberes, la calle tuvo que ser el ámbito de continuidad para las faenas artísticas —y de pensamiento y entrega al público— que venían desplegando en la sala con Discurso de promoción desde el 2017, en el que se sedimentaban búsquedas muy diversas en relación con el espacio, las perspectivas del trabajo del actor y la relación cuerpo a cuerpo con los espectadores, y con la cual le daban vida y energía a una lectura bien pensada acerca de la historia, removiendo el significado de archivos y monumentos —como ha resaltado la investigadora Ana Julia Marko—, para expresar su visión emancipadora y rebelde.

Así, la fiesta del cincuentenario la iniciaron desde el 25 de junio, con una acción artística cada mediodía de viernes, en lo que han llamado La Terraza Cultural, luego de convertir la amplia acera delante del alto muro de su hermosa casa en la calle Tacna 363, en Magdalena del Mar, la que los cobija desde 1988, en un escenario abierto, como decía Teresa Ralli en nuestro Encuentro de Teatristas del pasado 13 de mayo, “sin sillas y sin taquilla”. Al rojo habitual de la piedra antigua, el artista Daniel Cortez, “Decertor” incorporó una profusa iconografía por los 50 años de Yuyachkanki. Desde allí, cada semana, en primer lugar para su público que acude a disfrutar del encuentro, pero también en transmisión en vivo para sus amigos de todo el mundo, la circunstancia no es impedimento para la riqueza musical y visual que sale del portón verde mientras las obras se funden unas con las otras. El primer día, luego de rescatar a Pocholo, el personaje de Un día en perfecta paz, para defender que otro mundo es posible al compás de la música de “Macky Navaja”, apareció la diva de El último ensayo y se recordó la gloria olvidada de Yma Sumac. El alcalde local y al artista plástico invitado develaron el mural, y el líder del grupo Miguel Rubio saludó el regreso al teatro y los muchos deseos de seguir reafirmando la vida, significó la profusión de calacas como acto simbólico en memoria de tantos que ya no están, y saludó la presencia de las imágenes de Daniel Cortez —quien por los 40 años del grupo les había regalado ya un mural sobre Arguedas en su centenario—, antes de brindar por el arte. En otras de las citas, la del 2 de julio, se escucharon lenguas autóctonas, se rememoran los orígenes del barrio, del distrito histórico de Magdalena del Mar, lugar de sanación, y se abrió paso a la escena que retrata a la República como estadio en construcción. La música puso a volar la imaginación y los sentidos para eludir cualquier didactismo chato. Los espectadores participan, anotan. La entrada de la bandera, al compás de una marinera que es acompañada con palmas, defiende su pertenencia legítima a todos los peruanos y se habla de sueños y esperanzas. El juego de máscaras confunde las sanitarias con las teatrales.

Intuyo, aún a la distancia de la virtualidad, una carga de sentido que establece cierta complicidad con los espectadores, cuando en la cita más reciente de la Terraza Cultural la banda musical “La Bendita” acompaña a jóvenes actrices, que son parte del relevo de los Yuyas, en una canción sobre los sueños quinceañeros, que se me antoja llena de ironía al escuchar seguidamente una alusión a los votos.

El ciudadano que transita apurado en busca de sustento, o el que se gana la vida en faenas que le obligan a salir del encierro, en medio de un lugar de miedo y sobrevivencia, cada viernes se encuentra por casi 30 minutos con la propuesta de los actores creadores de Yuyachkani en un acto común de resiliencia comunitaria, pensado para darle a la gente una experiencia relacional, un aliento de vida, con un desfile de imágenes hermosas, de música, de alegría en las fanfarrias de los instrumentos de metal y viento, de compromiso grupal, y en el que priman el afecto, la solidaridad y el cuidado contra la muerte.

Los procesos de acumulación sensible, la identificación con las matrices culturales más profundas y las indagaciones en sus esencias son valores latentes, como la exploración en la trama urbana y en la perspectiva actoral de la presencia. Junto con el aliento cultural integrador de Los músicos ambulantes, la energía contenida de No me toquen ese valse, la esperanza en el porvenir dicha y cantada en La balada del bienestar, los reclamos urgentes de justicia desde el ejercicio de la memoria de Adiós Ayacucho (en la foto), Antígona, Rosa Cuchillo; la calidoscópica mirada a la complejidad del presente de Hecho en Perú. Vitrinas para un museo de la memoria y de Sin título, técnica mixta, todo ese cúmulo de saberes es hoy el más importante patrimonio de Yuyachkani, que hace que celebremos junto a ellos y con orgullo este cumpleaños.

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