50 años de La libélula dorada

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En plena transformación de su infraestructura, la agrupación de teatro de títeres fundada por los hermanos César Santiago e Iván Darío Álvarez y Manuel Martínez., cumple medio siglo de trayectoria.

La Libélula Dorada, una de las más emblemáticas agrupaciones dedicadas permanentemente a la creación y circulación de obras de títeres en Bogotá, fue fundada en Bogotá en 1976. Sus creadores tomaron el camino de los títeres, después de un ejercicio previo como espectadores de las nuevas corrientes teatrales de los años sesenta y setenta del siglo XX, encabezadas por las propuestas de colectivos como La Candelaria, Teatro Libre, la Mama, Teatro Popular de Bogotá, El local y Acto Latino, y después de su ingreso a la desaparecida Escuela Nacional de Títeres en donde recibieron conocimiento y experiencia de la mano de maestros como Carlos Bernardo González, Gabriel Esquinas y Guillermo Méndez.

Con sus primeras obras La rebelión de los títeres y Los héroes que vencieron todo menos el miedo y El romance de la niña y el sapito o la unidad de los contrarios, que venía de un proceso previo a la fundación del grupo, «los libélulos» comenzaron a circular por instituciones de educación cimentando ese vínculo con los más pequeños. Luego se articulan al movimiento artístico que tenía como epicentro el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia bajo el liderazgo del departamento de Divulgación Cultural, en donde encontraron un diálogo con otros titiriteros y músicos. Ese encuentro facilitó la creación y las discusiones artísticas y teóricas que ofrecían los componentes de la literatura infantil, además de continuar con su ejercicio de circulación en donde fuese posible poner de pie biombos y teatrinos.

Su camino y ambiciones artísticas los llevó a encontrar apoyo en agrupaciones consolidadas como La Mama y el Teatro Taller de Colombia, con quien establecen un acuerdo para lograr tener un espacio arrendado, en el barrio La Candelaria, en donde construyen su taller para la elaboración de títeres y para recibir a aprendices deseosos de ingresar en el mundo de los objetos animados. Paralelo a ello, y siguiendo la tradición de históricas compañías en el mundo, se aventuraban en itinerancias con sus obras a cuestas, algunas de ellas a cuenta propia y otras con respaldo del estado y organizaciones no gubernamentales, que los comenzó a llevar a escenarios internacionales.

A finales de la década de los años 70, nace su obra El dulce encanto de la isla Acracia, que es estrenada en el Teatro Popular de Bogotá -TPB y que comienza su larga lista de presentaciones hasta el día de hoy.

Su recorrido sin parar los llevo a la televisión durante los años 80, en el mismo ejercicio de compartir historias y sentires a través de los títeres. Por esa misma época, se trasladan a un nuevo espacio en la carrera 9 con calle 8, en donde construyeron su taller y en donde nació otra de sus obras insignes: Los espíritus lúdicos. Pieza que logra una amplia circulación local y nacional y que a finales de ese decenio, posiciona a La libélula dorada en una lugar relevante ante la comunidad teatral y titiritera del país.

En los años 90, llegaron, entre otras, las obras Ese chivo es puro cuento (en la foto), Un pobre pelagato mal llamado Fortunato y Tito y Tato en el negro mundo de la contaminación, y junto a ellas la creación de su revista Qvirópterus, en la que abordaban el universo de los títeres desde diferentes ópticas. También por estas fechas lograron su formalización como fundación y la adquisición de la casa, ubicada en el barrio Galerías, en la que han desarrollado su proyecto hasta la actualidad, gracias al empuje que les otorgó el Premio de beneficencia de la Fundación Alejandro Ángel Escobar, junto con ahorros, préstamos y mucho valor y entusiasmo. El colectivo regresó a la televisión, siendo quien dio vida a los personajes del programa de sátira política Los rencauchados.

Su interés artístico siguió ampliándose y fundaron otras iniciativas que han perdurado en el tiempo, como el Festival de Blues & Jazz, que tuvo su primera edición en 1998, el Festival de Danza contemporánea en 2001 y, por supuesto, un evento que nutriera un diálogo con otros pares nacionales e internacionales, el Festival Internacional Manuelucho, con su primera edición en 2003, convirtiéndose este último, en una de las principales acciones de esta índole en el país.

Con todo este bagaje, la agrupación ha transitado esta primera parte del silgo XXI, en donde ha sumado otras obras como La peor señora del mundo, Gaspar el señor de las nubes, Gárgola y Quimera, La increíble historia de la nariz del Dr. Freud, y la más reciente, estrenada a finales de 2024, Ácidas Ficciones, un montaje para mayores de 12 años, compuesto por cuatro historias mínimas que con humor negro, ironía y lucidez, exploran el inevitable final de la vida: la muerte.

Recientemente, La libélula dorada ha tenido su mayor reto, y es el de afrontar con valentía y coraje los nuevos ánimos de la creación y la gestión sin César Santiago Álvarez (1951 – 2024). Durante este año de su ausencia, el colectivo ha continuado con su labor con el mismo entusiasmo y vigor, enfrentado tareas tan importantes, como elevar una sede, en la misma dirección que los hemos visitado, con todas las cualidades arquitectónicas para que habite el teatro de títeres, gracias a la Ley de espectáculos públicos. Mientras  esperamos con ansia la inauguración de su nuevo teatro, continúan compartiendo sus historias en su sala temporal gracias a la Alianza Francesa sede centro.

Este proyecto en 2026 cumple 50 años acompañado de familia, amigos y colegas, que de una u otra manera han colaborado para que la libélula siga ligera y viajando en un ejercicio de evolución y transformación, que generaciones enteras hemos disfrutado y que, sin duda, otras disfrutarán.

*Este artículo está elaborado con información extraída del libro El vuelo de la libélula, 40 años de La libélula dorada de Enrique Pulecio Mariño, editado en la Colección Arte y Memoria del Instituto Distrital de las Artes, 2019.

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