Kasthanka: Los niños también van al teatro

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Colectivo: Tierradentro teatro

Crítica: Juan David Yaya Ayobi – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas

El Parque Nacional resulta fascinante. Queda en plena carrera Séptima, con el bullicio que caracteriza a una avenida principal, y a la vez tiene suficiente vegetación para los amantes de las caminatas al aire libre. Es un lugar que lo tiene todo. Bueno, eso pensaba antes de conocer su teatro y su biblioteca.

Como su servidor es muy cumplidor, llegué una hora antes, ya que no conocía el Teatro El Parque, ubicado en la carrera 5 # 36 – 05, ahí mismo, en el Parque Nacional, cerca de las canchas. Allí me senté y me encontré con un padre y su hija que, al igual que yo, esperaban obtener entradas para la función.

El tiempo transcurría y el señor buscaba maneras de entretener a la niña, inventando juegos y animándola a descubrir el parque. Ella encontró una actividad que me cautivó: jugando a los científicos, padre e hija se propusieron recoger las hojas más bonitas que encontraran en el suelo. La dinámica era sencilla: la niña buscaba las hojas y el padre las observaba para luego decorar un helecho que se encontraba detrás de nosotros. Una experiencia que también me mantuvo entretenido mientras aguardábamos nuestras respectivas boletas.

El grupo Tierra Adentro Teatro nos trae Kashtanka, dirigida por Víctor Muñoz Dagua y Lilian Acosta Gutiérrez. Una intrépida puesta en escena basada en el teatro físico y una gestualidad muy marcada, plasmados en un espectáculo circense.

La imagen prototípica que tengo en la cabeza al mencionar la palabra «circo» es la de aquellos espectáculos espantosos donde se obliga a los animales a realizar acciones mediante el maltrato. Afortunadamente, hoy este tipo de prácticas son cada vez más cuestionadas. La compañía, en cambio, nos presenta un circo de animales humanizados y cuenta una linda historia basada en el cuento homónimo de Antón Chéjov.

Un perrito se pierde de su dueño, un niño muy parecido a Pinocho, y en su camino se encuentra con un circo donde aprenderá el oficio circense. Al mismo tiempo, descubre la amistad y vive distintas aventuras en la ciudad.

La obra está dirigida a un público mayor de seis años. Al ingresar a la sala y ocupar mi asiento, me percaté de la cantidad de niños que había. Curiosamente, en la biblioteca, ubicada a unos cuantos pasos del teatro, también se había organizado una actividad dirigida a ellos, a la que no asistí por razones logísticas.

En este punto quisiera volver al título de este texto: Los niños también van al teatro. Aunque puede parecer una obviedad, resulta curioso transformar esta afirmación en una pregunta: ¿los niños van al teatro? O, mejor aún, ¿los niños están preparados para ir al teatro?

Esto me lo pregunté mientras esperaba el comienzo de la función. Escuchaba las quejas de algunos niños; otros jugaban en los celulares de sus padres o, desesperados, les preguntaban cuándo se marcharían.

Claro, debo aclarar que esto sucedía mientras los demás espectadores ingresaban a la sala. Una vez comenzada la presentación, los sonidos de los juegos móviles y las quejas se transformaron paulatinamente en una interacción con los intérpretes, quienes utilizaban el lenguaje no verbal como herramienta principal.

Me causó una gran impresión escuchar a los niños que estaban detrás de mí, reaccionando cada vez que los actores y las actrices realizaban algún gesto o acrobacia. Mientras tanto, los padres, con paciencia, les seguían el juego, igual que aquel padre con su hija antes de entrar al teatro.

Tal vez la pregunta no sea si los niños están listos para ir al teatro, sino más bien: ¿qué hacemos los adultos para motivarlos a asistir?

Esto me recuerda a los clásicos y a la manera en que se los presentamos a los niños. Por ejemplo, ¿cómo vamos a presentarles La Odisea? ¿Tal cual es, sin un filtro previo y sin analizar el lenguaje que pueden comprender, o mediante una adaptación que les permita acercarse a ella sin frustrarse en el intento?

Así, sin más, creo pertinente recordar una de las máximas del teatro: el disfrute, el gozo de realizar o presentar una escena. Y así como nosotros disfrutamos subirnos a un escenario y jugar como niños, debemos crear medidas pedagógicas para que ellos también disfruten de la experiencia teatral.

La compañía Tierra Adentro nos trae precisamente ese disfrute: el de hacer maromas que parecen imposibles, entrenar el cuerpo hasta conseguir esos movimientos y compartirlos con un público que observa, reacciona y participa del juego.

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