Colectivo: Caballito de palo Producciones
Crítica: Luisa Naranjo – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Colores es una obra que nos instala en la vida de Waldo, un adulto que se ha sumergido en la adultez y se ha olvidado de soñar. La propuesta nos brinda una amplia combinación de danza, teatro y videomapping que lleva al público por la travesía de Waldo para recuperar los colores de su niñez que ha olvidado. Desde allí se plantea una relación entre dos universos: el de la adultez, asociado a la rutina, la monotonía y los tonos oscuros, y el de la infancia, donde aparecen el color, el juego y la imaginación.
El escenario está dispuesto con un solo frente. Al abrirse el telón, nos encontramos con pelotas de colores en el cielo y King, un hombre vestido de blanco y con máscara. Su trabajo corporal es consecuente con el uso de este elemento: su corporalidad y el tono de su voz complementan la construcción del personaje. Su entrada está acompañada por un humo intenso, dos luces laterales y un ambiente sonoro que generó sorpresa y emoción en el público, conformado en su gran mayoría por niños pequeños.
A continuación, la escena se construye con la proyección de una imagen animada de edificios al fondo del escenario —lugar en el que se proyectan las imágenes y videos durante la obra— y un ambiente sonoro que, en conjunto, representan la ciudad, la rutina del día a día y el vivir de los adultos en la monotonía. Los personajes, todos vestidos de negro y con máscaras blancas, marchan juntos al ritmo del sonido. Waldo es el único que está vestido de manera diferente y no lleva máscara, aunque marcha al mismo ritmo de los demás. Esta decisión permite que el espectador entienda inmediatamente que es el protagonista, pero también lo presenta como alguien que, aun siendo diferente, se encuentra atrapado en la misma rutina de los otros.
Las pelotas de colores que permanecen en el cielo durante la obra entran una por una para representar los recuerdos de Waldo. La primera es la pelota amarilla. Un personaje vestido de negro entra con ella y se desplaza por el escenario impidiendo que Waldo la vea, mientras él aprovecha para preguntarle al público dónde se encuentra. Los niños respondían constantemente a sus preguntas y la interacción de Waldo y King consiguió mantenerlos participando activamente durante la puesta en escena. El público infantil no se limitó entonces a observar la búsqueda de Waldo, sino que por momentos colaboró con él para encontrar aquello que parecía haber perdido.
Justo en este momento vuelve a entrar King con una sombrilla de colores que se daña cuando intenta utilizarla. Sin embargo, el personaje continúa con su acción omitiendo lo ocurrido. El accidente es pequeño, pero se hace visible porque la atención del público está puesta sobre el objeto. Al no reaccionar ante algo que todos acabamos de presenciar, se produce por un instante una ruptura entre lo que ocurre realmente en el escenario y aquello que el personaje parece percibir.
En el uso de la pelota amarilla se instala primero una luz cálida que genera un efecto visual sobre la pelota, tornando su color hacia el naranja. La alteración resulta importante porque como el color ha sido establecido como parte fundamental del código de la obra y cada pelota está relacionada con un momento de la travesía de Waldo, el cambio de tonalidad puede hacer pensar que se pasó a otro estado o que quizás es un descuido en la relación del elemento con el juego de luces. Además de ello, cuando acerca la pelota a su cara su voz se ve opacada por el objeto y no es posible entender claramente lo que está diciendo.
Luego Waldo sale de escena y entra una especie de oruga construida con pelotas amarillas, cuya imagen resulta bastante diciente y poderosa. Sin embargo, al salir la oruga y volver a entrar Waldo, él dice que se divirtió mucho. Esto genera una ruptura en la secuencia de la acción, ya que el público no presenció una interacción entre ambos. La imagen funciona por sí misma y produce asombro, pero no queda completamente clara su relación con la experiencia que Waldo afirma haber vivido. Este momento abre una pregunta que aparecerá nuevamente en otras escenas: ¿todas las imágenes fantásticas que encuentra Waldo construyen su transformación o algunas funcionan principalmente por su capacidad de sorprender?
Más adelante entra una marioneta de un dragón, acompañada por una luz azul que favorece el contraste con sus tonos dorados y celestes. Con el color rojo aparecen un cuadrado gigante —también rojo—, un rectángulo verde y un triángulo con los que se construyen imágenes como un cohete, un pez y una cometa, entre otras. Estas transformaciones sorprenden positivamente por la fluidez de los movimientos y la transición de una figura a otra. Aquí el juego con los objetos se acerca especialmente al universo de la infancia: unas formas sencillas dejan de ser aquello que son para convertirse, gracias al movimiento y la imaginación, en otras cosas.
Finalmente entra Violeta, una bailarina de ballet cuya intervención ocurre únicamente desde la danza y sin ningún texto. Su trabajo corporal fue muy bien recibido por el público, que susurraba admirado durante la escena. Sin embargo, no es clara su relación con Waldo y con los recuerdos de niñez que constituyen el eje de la historia. Se presenta entonces nuevamente la tensión entre la belleza o el impacto de una imagen y la función que esta cumple dentro de la travesía del personaje. Esto no significa que cada imagen tenga que explicar la historia, pero sí deja abierta la pregunta por aquello que Violeta transforma o despierta en Waldo.
Es importante también tener en cuenta la relación entre el espacio escénico y la ubicación del público. Dependiendo de la silla que ocupe cada espectador, se tiene una mayor o menor visión de la tras escena. En los momentos previos a las entradas de la abuela y de Violeta, desde algunas localidades fue posible ver a los actores organizándose para salir. Esto debilita momentáneamente el universo fantástico que la puesta ha construido, pues permite observar acciones que aparentemente no hacen parte de la decisión de mostrar el artificio teatral.
En cuanto a Waldo, la voz utilizada para el adulto y para el niño es muy similar y esto impide, en ciertos momentos, comprender con claridad en qué etapa de su vida se encuentra. Más que tratarse únicamente de encontrar dos voces diferentes, queda la pregunta por cuáles signos —vocales, corporales o visuales— permiten distinguir al Waldo adulto del niño que aparece a través de sus recuerdos.
En conclusión, Colores logra establecer una relación cercana con su público a través del juego, el color y la creación de universos fantásticos. Su propuesta visual tiene la capacidad de generar sorpresa, especialmente mediante la transformación de objetos, la danza, las proyecciones y la interacción con los espectadores. Algunos adultos del público también parecían identificarse con Waldo, lo que permite que la pregunta por aquello que perdemos al crecer no pertenezca únicamente al universo infantil.
Asimismo, la obra tiene una gran oportunidad de crecimiento tanto en el manejo y cuidado de los elementos que entran en escena como en la premisa que abre: que los colores no sean únicamente aquello que Waldo encuentra en su recorrido, sino que nos permitan ver con mayor claridad qué va recuperando de sí mismo cada vez que uno de ellos vuelve a aparecer.
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