Fotografía de @juandmutual
Colectivo: Mandrágora Arte en escena
Crítica: Ana María Cardozo Galvis – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Como sombras pasaron aborda distintos momentos de la historia colombiana desde una propuesta que combina elementos históricos, simbólicos y teatrales. La obra toma como uno de sus ejes la relación entre Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, pero amplía el conflicto hacia temas como la identidad, la memoria, la religión y las divisiones que han atravesado la construcción del país. Desde el inicio, la puesta propone un universo más sensorial que explicativo: una tela cubre un cuerpo, creando una imagen similar a un capullo, mientras la percusión, las tamboras, un instrumento de viento y sonidos producidos en vivo construyen la atmósfera.
El sonido tiene una función importante en la organización del espectáculo. La percusión marca los movimientos de los intérpretes, quienes trabajan estacatos, diferentes niveles y patrones rítmicos con el cuerpo. Además, algunos sonidos funcionan como señales de transición: el redoblante anuncia un cambio de escena y la campana acompaña posteriormente una escena fúnebre. Esto permite que las escenas se conecten sin depender únicamente de los cambios de espacio o de texto. La música, por tanto, no solo acompaña, sino que participa activamente en el ritmo de la representación.
El cuerpo también funciona como un recurso narrativo. Los actores acompañan determinadas palabras con acciones físicas y utilizan la danza, los niveles y el ritmo para construir situaciones. Los accesorios artesanales ayudan a diferenciar personajes y, en algunos casos, permiten transformarlos. Un ejemplo es el momento en que una actriz se quita una corona en escena y realiza el cambio de personaje mientras otro intérprete ingresa. Al mostrar la transformación directamente frente al público, la obra hace visible el mecanismo teatral en lugar de ocultarlo. Esta decisión resulta significativa en una obra que revisita la historia: no parece hacernos creer que estamos viendo el pasado tal como sucedió, sino mostrarnos que ese pasado está siendo representado y reconstruido frente a nosotros.
Los objetos adquieren funciones que van más allá de lo utilitario. El libro aparece desde el comienzo y posteriormente encontramos elementos como el tapiz utilizado por Melquíades, relacionado con el pasado, el presente y el porvenir. También aparece un bastón utilizado para despertar al llamado rey de la naturaleza. Estos objetos ayudan a construir un universo donde lo histórico y lo simbólico se mezclan. Algo similar sucede con las estatuas, que primero permanecen inmóviles y después comienzan a hablar. Esta transformación resulta especialmente sugerente: aquello que parecía pertenecer a un pasado inmóvil adquiere voz y presencia dentro de la escena. Cabe preguntarse entonces, dentro de la representación, si estas figuras simplemente representan la historia o si, al hacerlas hablar, la obra intenta también interrogar la manera en que hemos aprendido a recordarla.
El espacio rompe en algunos momentos con la división tradicional entre escenario y público. Dos personajes ingresan desde la zona de los espectadores y, en otra escena, un personaje parece dirigirse directamente al público mediante una pregunta, aunque son los propios actores quienes responden. Estas acciones generan una relación más directa con la sala y hacen que el espectador sea consciente de su presencia dentro del acontecimiento teatral. Sin embargo, esta última situación deja una tensión interesante: la obra parece abrir la posibilidad de que el público participe, pero inmediatamente recupera la palabra. ¿Busca involucrarnos realmente en las preguntas que propone o hacernos conscientes de que seguimos siendo espectadores de esa historia?
Las referencias religiosas atraviesan buena parte de la obra. Aparecen cruces, santos óleos, referencias bíblicas, San Pedro Claver y Santa Bárbara, además de frases como “la letra con sangre entra” y “curamos los males con otros males”. Estos elementos permiten establecer relaciones entre religión, violencia, educación y poder, aunque la obra no parece cerrar completamente estas interpretaciones. Esta falta de una respuesta definitiva puede ser justamente una de las tensiones de la propuesta: la religión aparece vinculada a la construcción histórica del país, pero también a prácticas de disciplina y violencia que permanecen en nuestra memoria a las que se le puede llegar con mayor profundidad. También resulta significativa la frase “¿soy de aquí o soy de allá? Mi corazón ya está partido”, pues se relaciona con la idea de extranjería planteada al inicio: “tú no eres de aquí, extranjero”. Así, la pertenencia aparece como una preocupación que atraviesa distintos momentos del espectáculo. La pregunta sobre quién es de aquí y quién es extranjero amplía la mirada sobre la historia hacia un problema que continúa presente: la dificultad de construir una identidad común en medio de las divisiones.
La iluminación contribuye a reforzar esta relación con la memoria. El uso de luz cenital, cambios de foco, oscuridad y efectos de flash genera diferentes imágenes y dirige la atención del espectador. En particular, hubo un momento en que la disposición de los cuerpos y la iluminación me hicieron percibir “una sola sombra larga”. Esta imagen resulta sugerente frente al título Como sombras pasaron: los personajes históricos pasan, los cuerpos que los representan se transforman, pero sus sombras parecen permanecer. ¿De quién es entonces esa sombra: de los personajes, de la historia o de un país que todavía carga con parte de ese pasado?
La comicidad aparece como contraste frente a los contenidos históricos y trágicos. Uno de los gags surge del malentendido alrededor de un personaje que aparentemente habla otra lengua: los demás intentan explicarle una situación hasta descubrir que él también habla español. La risa nace de la equivocación de los propios personajes. Otro momento ocurre cuando un maestro pregunta a los niños y todos responden incorrectamente, utilizando también el juego de estatus para construir la situación cómica. Estos recursos evitan que la obra mantenga una solemnidad constante y generan cambios en el ritmo de la representación.
En la actuación encontré propuestas interesantes, aunque algunas necesitaron mayor precisión. En uno de los personajes se percibió una intención de utilizar un acento regional, pero este no se mantuvo de manera constante, por lo que no terminó de consolidarse como un rasgo claro de su construcción. También hubo algunos olvidos del texto que afectaron momentáneamente la continuidad de determinadas escenas. Son situaciones puntuales, pero se hacen visibles porque interrumpen el ritmo que el montaje había construido mediante el cuerpo y la música.
En conjunto, Como sombras pasaron encuentra una de sus mayores fuerzas en la manera de llevar la historia más allá de la palabra. Música, cuerpo, objetos, iluminación y espacio se combinan para construir una memoria que no aparece como algo completamente distante, sino como algo que todavía puede ser revisitado y cuestionado. La propuesta consigue relacionar acontecimientos históricos con preguntas sobre identidad, poder, religión y violencia.
Quizá por eso aquella “sola sombra larga” permanece como una de las imágenes que más inquietaron de la puesta. Las figuras históricas aparecen y desaparecen, los actores cambian de personaje ante nuestros ojos y el pasado es reconstruido desde distintos lenguajes. Sin embargo, algo permanece proyectado sobre el presente. Tal vez la pregunta que deja Como sombras pasaron no sea únicamente qué ocurrió en nuestra historia, sino cuánto de aquello que pasó continúa todavía haciendo sombra sobre nosotros.
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