Colectivo: Laboratorio de Teatro Musical de Bogotá
Crítica: Luisa Alejandra Murillo López – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Ecos de la selva, una radionovela musical de La vorágine, presentada por el Laboratorio de Teatro Musical de Bogotá en el marco del XXI Festival de Teatro y Circo de Bogotá, es una propuesta escénica que logra acercarse a la obra de José Eustasio Rivera desde un lenguaje contemporáneo, creativo y conectado con la realidad colombiana. La puesta combina teatro, música, actuación, voz, efectos sonoros y elementos propios de la radionovela para construir el universo de La vorágine sin depender de una representación realista de la selva. Uno de sus mayores aciertos está en la capacidad de transformar el escenario en múltiples espacios y establecer una relación directa con el público, permitiendo que la historia de la novela deje de ser únicamente un relato del pasado y se convierta en una reflexión sobre situaciones que continúan presentes en nuestro país.
Uno de los aspectos más destacados de Ecos de la selva es su capacidad de generar interacción con el público. Esta no se siente como un recurso añadido únicamente para hacer participar al espectador, sino como una herramienta que amplía el significado de la obra. La propuesta abre la posibilidad de establecer comparaciones entre los acontecimientos de La vorágine y las problemáticas que forman parte de la realidad colombiana. La novela de Rivera habla de un territorio atravesado por la violencia, la explotación, la desigualdad, la ambición y la lucha por la supervivencia, temas que, aunque pertenecen a otro momento histórico, continúan encontrando ecos en nuestra sociedad.
El espectador no permanece necesariamente como un observador distante de una historia ajena, sino que puede reconocer situaciones vinculadas con la realidad del país. La selva presentada en la obra puede entenderse, entonces, no solo como un espacio geográfico, sino también como una representación de territorios y comunidades atravesados por diferentes formas de violencia, explotación y abandono. De esta manera, La vorágine dialoga con el presente y sus conflictos adquieren nuevos significados.
Otro elemento que sobresale es el manejo de la iluminación. Las luces van más allá de iluminar a los intérpretes: transforman el espacio y modifican la percepción que el público tiene de él. El escenario adquiere distintas atmósferas mediante la luz, sin necesidad de grandes cambios escenográficos. Este recurso resulta especialmente acertado en una obra que tiene como uno de sus principales retos representar la selva y los lugares por los que transitan los personajes.
La iluminación, junto con los demás elementos de la puesta, contribuye a crear un espacio plástico coherente. La propuesta no busca construir una selva completamente realista, sino sugerirla y permitir que el espectador la complete desde su imaginación. Un objeto, una luz, un sonido, un cuerpo o una voz pueden ser suficientes para transformar el escenario. Asimismo, el manejo espacial de actores, músicos y objetos permite que los cambios de lugar y situación se produzcan de manera orgánica.
El universo sonoro constituye otro de los grandes atributos de la propuesta. Resulta sorprendente la combinación de sonidos y voces pregrabadas con aquellos que se producen en vivo. Esta mezcla permite percibir diferentes capas sonoras que construyen la atmósfera de la obra. Los sonidos pregrabados aportan profundidad y amplían el espacio, mientras que los realizados en vivo permiten observar el proceso de creación de ese universo. Así, la obra conserva la esencia de una radionovela, pero revela al espectador cómo se construye aquello que normalmente solo escucharía.
La presencia de sonidos y cantos en vivo es especialmente significativa. El público no recibe simplemente un producto sonoro terminado, sino que observa a los intérpretes y al músico creando parte de la experiencia frente a sus ojos. Esto genera una relación interesante entre lo teatral y lo radial: la radionovela deja de ser únicamente algo que se escucha y se convierte en una acción escénica. El sonido adquiere cuerpo, presencia y movimiento.
Dentro de esta propuesta, el trabajo vocal de los actores resulta fundamental. La voz no solo transmite los textos, sino que también construye personajes, atmósferas, emociones y distintas posibilidades sonoras. Se evidencia un trabajo cuidadoso sobre la proyección, la intención, el ritmo y las variaciones de tono. Esto es especialmente importante porque la obra utiliza un lenguaje cercano al de la radio, donde la voz tiene la responsabilidad de comunicar aquello que en otros montajes podría resolverse mediante la escenografía o las acciones visuales.
El trabajo vocal permite, además, que los personajes adquieran presencia incluso cuando los recursos escénicos son mínimos. Las voces crean imágenes en la imaginación del espectador y hacen posible que aparezcan lugares, situaciones y emociones sin mostrarlos literalmente. Desde esta perspectiva, la obra evidencia la potencia expresiva de la voz dentro del teatro y la importancia del entrenamiento vocal para los actores.
A esto se suma uno de los aspectos que hacen que la experiencia sea especialmente agradable: el juego y la jocosidad de los actores y del músico. A pesar de abordar una historia marcada por conflictos y problemáticas sociales, la puesta encuentra espacios para el humor y la complicidad. Esto contribuye a que la experiencia no resulte completamente pesada y favorece la conexión del público con lo que sucede.
El juego escénico permite también que los actores no se limiten a representar personajes de manera tradicional. Existe una conciencia del dispositivo teatral y de la posibilidad de jugar con él. En determinados momentos se hace visible el proceso de creación de la radionovela, y esa exposición del artificio se convierte en parte del atractivo de la obra. El espectador puede disfrutar tanto de la historia como del proceso mediante el cual esta se construye.
El manejo espacial merece igualmente reconocimiento. Los intérpretes y el músico aprovechan el escenario de manera dinámica, mediante desplazamientos, posiciones y relaciones con los objetos, las luces y los elementos sonoros. Estos recursos trabajan conjuntamente para mantener diferentes puntos de atención y evitar que el espacio permanezca estático.
En este sentido, la sencillez de los recursos se convierte en una fortaleza de la propuesta, pues permite construir un universo escénico complejo sin necesidad de abundantes elementos materiales. La obra confía en la capacidad del espectador para completar mentalmente aquello que no se muestra de manera literal.
En conclusión, Ecos de la selva consigue acercar un texto fundamental de la literatura colombiana a un público contemporáneo mediante una experiencia escénica dinámica, musical y participativa. La iluminación, el manejo espacial, el trabajo vocal, la combinación de sonidos pregrabados y en vivo, y el diálogo entre teatro y radionovela conforman un lenguaje escénico coherente y atractivo.
Sin embargo, considero que lo que termina de darle una identidad especial a la propuesta es el juego que establece con el espectador. La obra no solamente cuenta La vorágine: permite preguntarnos qué elementos de esa historia siguen existiendo en nuestro país y cuáles de sus conflictos todavía podemos reconocer en nuestra vida cotidiana.
Por ello, Ecos de la selva logra que la selva de Rivera deje de ser únicamente un lugar del pasado y se convierta en un espacio simbólico que continúa hablando del presente. Los «ecos» a los que hace referencia su título no son solamente los sonidos producidos por los actores, la música o los efectos; también son los de una historia que continúa resonando en Colombia. La obra consigue, de esta manera, que escuchar La vorágine sea también una forma de escucharnos como sociedad.




