Un ángel

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Fotografía de Duván Puentes

Colectivo: Ditirambo Teatro

Crítico: John Casallas – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas

“Imagíname como un ángel negro que viene a limpiar este mundo de sus bajos instintos.”

El 15 de agosto de 2026, a las 7:00 p. m., se presentó en la sala de Ditirambo Teatro la obra Un ángel, de la misma agrupación, adaptación de El ángel de la culpa, escrita por el dramaturgo y psiquiatra chileno Marco Antonio de la Parra, en el marco del XXI Festival de Teatro y Circo de Bogotá.

Un detective (interpretado por Rodrigo Rodríguez) investiga un posible caso de homicidio ocurrido en la madrugada, en un apartamento de lujo de la ciudad. Allí se encuentra el presunto victimario, un joven enmudecido (interpretado por Mileny Durán), quien sostuvo una relación amorosa con un hombre mayor, víctima del asesinato. A lo largo del interrogatorio, el detective va revelando también su inestabilidad social y familiar, dejando al descubierto grietas hondas en su propia psique y una historia atravesada por el abuso de poder.

Este monólogo accidental —dadas las circunstancias que producen el mutismo deliberado del joven que escucha al detective— nos mantiene en una atmósfera inquietante. Desde un comienzo resulta por momentos irrisoria a causa de la personalidad grosera y perversa del detective, quien cumple su trabajo no sin fastidio y encuentra oportunidades para desplegar un humor oscuro. El contraste entre la personalidad exuberante del investigador y el carácter tímido y silente de su interlocutor produce una tensión que nos mantiene inquietos y expectantes durante la función. Rodrigo Rodríguez asume la responsabilidad de sostener buena parte del argumento desde su palabra y acción escénica, mientras el silencio de su interlocutor funciona como contrapunto constante.

La puesta en escena se ubica en la habitación principal del apartamento, con un aforo de terciopelo vinotinto que se extiende por toda la superficie del escenario. Su materialidad permite al menos dos asociaciones semióticas: por un lado, evoca la voluptuosidad de la clase social a la que pertenece el difunto propietario del apartamento; por otro, su tono puede remitir a la sangre derramada luego de un tiempo de oxidación, la sangre fuera del cuerpo, la vida que ya ha pasado, el ser envejecido en su flujo.

Se suspenden también cuadros con pinturas de trazos deliberadamente ingenuos —una vaca naif en uno de ellos— que, ubicados en el contexto socioeconómico de la situación y acompañados por las constantes burlas del detective hacia el arte abstracto, permiten pensar en una ironía sobre la distancia que puede existir entre el valor de mercado de una obra y su valor estético.

Como si se tratara de una propuesta onírica y fragmentada, aparecen también partes de muebles blancos suspendidos por finos hilos. Sobre el suelo se encuentra una silla en la que permanecerá durante buena parte de la obra el presunto asesino, la cama donde yace el cuerpo del anciano y un balcón blanco que, gracias también a la partitura de acciones y decisiones vocales del detective, nos permite imaginar un piso elevado de una torre de apartamentos. Esta separación genera una distancia entre el escenario y el lugar de expectación no solo en su horizontalidad, sino también en su verticalidad. La escena del crimen se encuentra además delimitada por una cinta policial que prohíbe el paso, estableciendo una frontera entre aquello que investigamos desde nuestra silla y aquello a lo que no podemos acceder.

La paleta de colores del vestuario también presenta detalles que ofrecen indicios indirectos sobre cada personaje: como las medias azules del detective que desentonan con el resto de su vestimenta —camisa roja, pantalón de pana y chaqueta de cuero y unos guantes que se coloca para no dejar sus huellas dactilares al analizar la escena—. El joven, por su parte, aparece inicialmente de espalda, con peluca y una malla que recubre su cuerpo, sobre el anciano, en una imagen de evocación erótica, sexual e inhóspita. Más adelante permanece con un pantalón casual y una camisa a cuadros azules. Otros detalles, como las uñas pintadas del joven o la lluvia todavía visible sobre la cabeza y la chaqueta del detective, amplían la información que recibimos sobre los cuerpos antes incluso de que estos la expresen mediante la palabra.

La  implementación de estos elementos resulta significativa porque no existen únicamente como adorno escenográfico sino que la obra da un énfasis particular en la cantidad de información que pueden poseer los elementos al momento de reconocer al ser humano que los porta, cosa que es coherente con la propuesta policiaca de la historia. Los documentos de identidad, las botellas, el arma homicida, el material de la ropa… todo objeto se menciona por lo que remite en su función o valor semántico.

Frente a la ejecución de acciones en el espacio, se logra remarcar el influjo de cada sección del lugar sobre el relato. Cuando el detective se encuentra en el balcón, su discurso adquiere cierta condición reflexiva, a veces filosóficamente cruda y otras veces rememorativa; mientras que, en el interior del apartamento, su comportamiento se torna más punzante, amenazante y violento.

La propuesta sonora se consigue desde una introducción musical de la pieza Hipocresía, de Ruben Blades (certera selección musical), que se escucha mientras el detective prepara las condiciones para encerrar la escena del crimen. La misma pieza concluye la obra, dando un cierre redondo a la propuesta teatral.

Se propone un juego peculiar entre luz y oscuridad que le otorga a la obra una visualización elíptica, fragmentada y cinematográfica. Por lo demás, se mantiene en general con una propuesta de luces azules y penumbra al inicio y luego un ambiente cálido y sofocante durante la investigación del crimen.

Ahora, esta obra desarrolla en su dualidad dos historias. La más evidente es la del asesinato del hombre que sostuvo una relación abusiva con el joven y que finalmente se revela como su padre. La otra surge progresivamente del propio discurso del detective y está relacionada con sus deseos, frustraciones y violencias, así como con una difusa relación entre su hija Dalia y una joven a quien él deseó y posteriormente asesinó, atropellándola con su carro después de ser rechazado. Ambas historias parecen reflejarse entre sí. El detective entra al apartamento con la intención de investigar la conducta y la culpabilidad de otro, pero, mientras interroga, su propia palabra comienza a revelar aquello que él intenta mantener oculto. El investigador termina entonces exponiéndose a sí mismo. La pregunta por quién cometió el crimen empieza a desplazarse hacia otra quizá más inquietante: ¿quién está investigando realmente a quién?

Se destaca también la ardua labor de Mileny Durán, quien permanece en silencio durante la mayor parte de la obra y debe sostener su presencia mediante gestos, miradas y disposiciones corporales atentas a la situación. Hasta que la compulsión del investigador provoca, como si de una herida que se abre se tratase, la voz del personaje. Su aparición descompone parte de la claridad narrativa que habíamos construido, consiguiendo un efecto definitivo de inquietud, tan certero como un disparo en plena oscuridad.

“Están todos locos”, repite el detective a lo largo de un hilo de palabras que articula burlas y críticas a diestra y siniestra y una exposición de la humanidad turbada y convulsa de nuestro ángel negro y la sociedad que lo corrompe, que nos corrompe…

En definitiva, una obra que vale la pena investigar, con la inquietud de una mente criminal.

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