Colectivo: Sin grupo Clown
Crítica: Jerónimo Castiblanco Ortiz – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas
La obra que nos demuestra que mamar gallo también puede ser arte
«El humor es un mecanismo de supervivencia. Es la forma más pacífica de decir las verdades más violentas».
— Atribuida a Jaime Garzón
«El caballo de Troya de la risa»
Esta premisa parece ser el corazón palpitante de Yo no soy un NN, una obra que asume el riesgo de camuflar un mensaje profundamente doloroso a través de lo que muchos llamarían, de manera errónea y despectiva, «humor bobo». Lejos de la superficialidad, la obra nos demuestra que «mamar gallo» también puede ser un acto de resistencia: un caballo de Troya que entra disfrazado de chiste flojo, relaja el ambiente y termina instalando una reflexión sobre nuestra realidad en la conciencia del espectador.
La puesta en escena nos presenta la historia de Daniel Buendía, y su acierto inicial radica en enganchar al público desde la cotidianidad y el juego. La obra comienza antes del nacimiento del protagonista, utilizando un recurso escénico ingenioso: una tela negra, el cuerpo de un bebé de utilería y el rostro y las manos del actor Juan Carlos Yela, quien, mediante una gestualidad expresiva, le da vida a un recién nacido que provoca las primeras carcajadas. A esto le sigue la aparición de la madre embarazada, sorteando la odisea de viajar en TransMilenio, una situación reconocible para buena parte del público bogotano.
Tras el parto, se establece uno de los pilares del montaje: la relación entre Daniel y su madre. A través de un ritmo vertiginoso y situaciones dinámicas, los personajes representan la cotidianidad de una familia de estrato socioeconómico bajo, condición reforzada por el vestuario. Los actores explotan la terquedad, la procrastinación, la pereza y el mal genio para construir una relación madre-hijo entrañable. El humor encuentra allí buena parte de su fuerza, pues permite reconocer situaciones familiares y establecer una relación de cercanía con los personajes.
Sin embargo, el montaje asume riesgos en su interacción con el público que, si bien ponen de manifiesto las habilidades de improvisación del elenco, también rozan los límites de la comodidad. En un momento, los actores piden prestado el celular de un espectador para simular la música, pero luego hacen como si fueran a arrojarlo y romperlo. Esta acción, sumada al lanzamiento de objetos como pelotas hacia la audiencia, puede resultar controvertida. Aunque para algunos espectadores podría funcionar como un gag inmersivo y divertido, también existe la posibilidad de que genere molestia e interrumpa la ficción. Asimismo, la narrativa presenta una dificultad de claridad con la introducción de Margarita, la novia de Daniel, interpretada por la misma actriz que representa a la madre. En una partitura rítmica, ambos personajes prueban caramelos mediante una gestualidad que sugiere un encuentro sexual. Esto genera cierta confusión temporal, pues inmediatamente después vuelven a ser niños y se dan su primer beso, lo que dificulta comprender con precisión la secuencia de los acontecimientos.
Pero es a partir del punto de giro cuando la obra revela otra dimensión. Margarita es fusilada tras ese primer beso y la comedia comienza a adquirir un sentido trágico. Uno de los mayores aciertos de la dirección de Yo no soy un NN radica en que no abandona su lenguaje: la crítica al contexto de violencia armada en el país, al miedo y a la injusticia social que hemos padecido durante décadas se construye mediante la resignificación del humor.
Daniel, en su intento por ser «el hombre de la casa», un rol que su madre había asumido con valentía, viaja al pueblo para enfrentar los problemas y termina siendo asesinado, al igual que Margarita. En este tramo final, la obra retoma los mismos gags y chistes repetitivos que al principio provocaban risa y los transforma en herramientas de dolor.
Cuando la madre recuerda a Daniel y este reaparece en escena después de muerto, la repetición de un gesto que antes era cómico se convierte en el eco de una ausencia irreparable. La escena adquiere una fuerza conmovedora, pues aquello que inicialmente nos acercó a los personajes mediante la risa ahora nos enfrenta a su pérdida.
El grito final de la obra, «Yo no soy un NN», adquiere entonces un peso particular. Es una denuncia contra el olvido y la deshumanización de las víctimas del conflicto armado. Yo no soy un NN nos recuerda que, a veces, una manera de soportar la dureza de nuestra realidad y atrevernos a mirarla de frente es a través de la risa; esa misma risa que nos abre el pecho para que, casi sin darnos cuenta, nos entre la verdad.




