Cada 8 de octubre desde 2016, se celebra el Día del Teatro Latinoamericano, y como ya es habitual, desde el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral – Celcit, promotora de esta fiesta, se invita a un artista de la escena de la región, para que nos comparta su pensar en contexto con el teatro y el presente que atravesamos.
En 2026, la responsabilidad de estas palabras la tiene Aimar Labaki (en la foto), destacado dramaturgo, director, traductor y ensayista brasileño.
A continuación su mensaje:
Dedico este texto al gran hombre de teatro Aderbal Freire Filho, que amaba y conocía el teatro latinoamericano.
El Día del Teatro Latinoamericano es hoy. Y mañana. Y ayer. Y todos los días que lo precedieron y los que lo sucederán. El Día del Teatro Latinoamericano es una efeméride importante porque le recuerda a la sociedad nuestra especificidad, y a nosotros, nuestro oficio.
El mundo está dominado por estructuras económicas, ideológicas y tecnológicas que tienden a sustituir la palabra por la imagen, la presencia por la virtualidad, el cuerpo por la máquina, la razón por la mentira, el diálogo por el algoritmo. En esta realidad, el Teatro parece imposible.
Al fin y al cabo, Teatro es un cuerpo frente a otro cuerpo, dialogando por medio de elementos de lo sensible —imágenes, sonidos, símbolos, sensaciones— en busca de una comprensión que no se limita a la razón, pero que tampoco la excluye, en la medida en que no renuncia a la palabra.
Y, sin embargo, nunca fue tan deseable ni tan deseado. Como solo existe si los cuerpos de actores y espectadores están en un mismo espacio, es un antídoto contra un mundo que pretende reemplazar el encuentro por las máquinas. Por ser presencial, exige que lo virtual ceda por un momento su lugar a la presencia. Como necesita de la palabra común entre actor y espectador, impide que la imagen lo ocupe todo. Como solo existe si se establece el diálogo, devuelve lo irracional a su lugar, fuera del protagonismo. Como es el imperio del deseo y de lo imprevisible, ningún algoritmo puede determinarlo por completo.
El Teatro, como todo Arte, no tiene función, salvo su propio ejercicio arbitrario de juego con los elementos de lo sensible, consciente de la tradición, arraigado en la comunidad, causando innumerables consecuencias, pero en sí mismo inconsecuente. Su único compromiso es con la irresponsabilidad de quien sabe que, antes que nada, está jugando.
Su propia existencia es política, aunque la forma y los elementos del juego estén aparentemente desprovistos de esa intención. Hoy más que nunca, el teatro es, en sí mismo, una respuesta al autoritarismo y a las respuestas prefabricadas y mentirosas sobre qué es el Hombre y por qué está como está.
La ignorancia y el autoritarismo se ejercen hoy con orgullo y desvergüenza. El Teatro permanece humilde en su certeza de que nada sabe y de que no puede controlar aquello que es flujo, aquello que es vida. Los espacios teatrales son lugares sagrados donde los ciudadanos viven el rito del encuentro de su vida particular con la vida de la comunidad.
América Latina está tomada nuevamente por el fascismo. Y el Teatro, ahora como siempre, es el arma más poderosa contra él. Porque el Teatro es vida, el fascismo es muerte. Sí, todos moriremos. Pero la muerte solo reina del otro lado de la Estigia. De este lado, la Vida —y el Teatro— siempre vencerán.




