Muere Alfonso Sastre, figura compleja y polémica del teatro del siglo XX

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Publicado en www.abc.es
Por Diego Doncel.

Alfonso Sastre (Madrid, 1926; Fuenterrabía, 2021) ha sido una de las figuras más controvertidas del teatro contemporáneo español. Uno no sabe si en él pudo más el arte que la política. Y la política que Eva Forest, aquella mujer que hizo de la antidemocrática ETA, los coches bombas y los pisos francos el centro de su vida. Sastre fue, como el Bergamín abertzale, una inteligencia política echada a perder. La relación de los intelectuales con las ideas nacionalistas y totalitarias siempre causa asombro, sobre todo si lo que estaba en juego era una democracia que España, en el pin-pan-pun constante de su historia, se merecería. Y sobre todo si, como él, nacido en Madrid en 1926, procedía de una familia pobre de emigrantes que formaron parte de aquella muchedumbre de desarraigados que iban llegando a Madrid, a Cataluña o al País Vasco.

Hombre pasional, con un deseo enorme por aprender, por agitar y por construir una cultura alternativa a la oficial franquista, estudió como alumno libre en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, y acabó completando la licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense. Pero su vida desde siempre fue el teatro.

No se puede escribir la historia del teatro del siglo XX sin contar con él. Podría decirse que, mientras mucho teatro social murió con Franco, el suyo siguió vivo. Quizá la mejor definición de lo que pretendía la dio él mismo: agitar conciencias, es decir, agitar la realidad. Desde aquel manifiesto de 1960 titulado Teatro de Agitación Social Sastre defendió un teatro que ampliara la realidad, que mostrara todos los mundos que la realidad contiene, no solo el sujeto, verbo y predicado de lo evidente, sino las crisis, los sufrimientos y, sobre todo, el coste que supone vivir.

Como habían propuesto Pirandello, Brech u O’ Neill, Sastre se sitúa lejos del teatro domesticado, la comedia burguesa o las obras de bulevar. No sé si sus obras van contra la realidad o buscan una compasión hacia ella, una mirada nueva que la comprenda y la cambie. Sastre, incluso en lo político, es un trágico en medio de un tiempo de tragedias cotidianas. Y todo su talento lo pone en saber comprender esas tragedias, las tragedias de un hombre normal en medio de la historia. Para él el teatro debe ser una hecho revolucionario de raíz trágica que dé cuenta de un orden social injusto. O lo que es más certero, de vidas humanas que están destinadas al basurero de la historia.

Era un ser hiperactivo y un grafómano que se tenía que alejar de la máquina de escribir porque tenía la vocación de retratar el mundo y veía cómo el mundo se le escapaba. Tuvo un éxito temprano con la maravillosa Escuadra hacia la muerte en 1953. A partir de ahí no paró, escribiendo sin cesar cada trescientos sesenta y cinco días: La Mordaza y Tierra roja (1954), Ana Kleiber (1955), Oficio de tinieblas (1962). También creó la colección Hiru de teatro.

Polemista feroz, llevó más lejos que nadie esa actitud crítica que conlleva una postura revolucionaria ante el mundo, por eso siempre le importó que los procedimientos dramáticos fueran idóneos para plasmar ese ensanchamiento de la realidad, esa apertura de la conciencia.

En su postura final, en eso que él llamó pomposamente la «tragedia compleja», intentó romper con la dicotomía entre tragedia y teatro épico, es decir que la tragedia clásica, la farsa, el sainete, incluso el melodrama se fundieran con la épica planteada por B. Brecht. Desde esta postura escribe la que quizá sea una de las obras más importantes de nuestro tiempo: ‘La taberna fantástica’ (1985), ese mundo de fracasados, esa experiencia teatral mayor llena de España negra, humor, disparate y crimen.

Autor de relatos y ensayista lúcido, realista comprometido, Alfonso Sastre nos deja una herencia teatral de primer orden, incluso cuando las ideas van antes que la obra. Fue un ser complejo que miró complejamente la historia de su tiempo, y que tenía el don de saber crear seres humanos sobre las tablas, es decir, expresar con su teatro nuestro desvalimiento ante la historia, nuestra insignificancia frente a los vaivenes políticos. Mejor quedarse a solas con su teatro y no perderse en las compañías con las que él vivió. Era un hijo de emigrantes y debió estar con las víctimas de la pobreza de España.

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