Respuesta a los desaciertos y reflexiones innecesarias del dramaturgo Diego Fernando Montoya Serna

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Este contenido es publicado el día 15 de abril de 2026 a las 10:00 a. m. en Kioskoteatral.com acatando el fallo judicial emitido por el Juzgado Veinte Civil del Circuito en el que se concede la tutela de Carlos Rojas contra la Fundación Púrpura, en donde se ordena a William Guevara Quiroz, director del sitio web, que en el término de dos días, contados desde la notificación (13 de abril de 2026 / 6:00 p. m.), le otorgue al demandante un espacio en la plataforma Kiosko Teatral para que, con igual difusión, pueda ejercer su derecho de réplica frente a la publicación A propósito del artículo desaciertos en la escena bogotana.
Kiosko Teatral acata el fallo del juez Fabián Andrés Moreno, dejando constancia que, esta publicación con contenido original no corresponde a la misionalidad de nuestro proyecto digital.

Foto cortesía de Carlos Rojas

Por Carlos Rojas

Cineasta, crítico teatral y cinematográfico, escritor y productor independiente, con más de 35 años de experiencia. Licenciado en Teatro por la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE) y con estudios en cine, ha ejercido la docencia en Venezuela, República Dominicana y México. Ha participado como jurado, asesor y crítico en más de cien festivales nacionales e internacionales. Publica en ARTEZBLAI, Conjunto, Tablas y el CELCIT. Integra el EITAI (México) y fue distinguido con la Orden Libertador de Caracas. Prepara el libro La suma de todas las críticas (2000-2025).

En un artículo reciente, el dramaturgo colombiano Diego Fernando Montoya Serna, galardonado con el Premio Nacional de Dramaturgia 2025 en su país, responde de manera particularmente enfática a algunas de las observaciones críticas que formulé sobre varias obras de la escena bogotana.

He leído su extensa reflexión con detenimiento y, confieso, también con cierta curiosidad intelectual: siempre resulta interesante observar cómo reacciona un autor cuando la crítica abandona el terreno de la adulación y entra en el del análisis.

Más aún cuando se trata de un creador que ni siquiera aparece mencionado en el artículo que decide desacreditar. Ese detalle, lejos de ser anecdótico, dice bastante sobre el termómetro de la susceptibilidad que a veces rodea al ejercicio de la crítica en Bogotá.

Esperaba hallar una respuesta que arrojara alguna luz sobre los puntos en discusión; en cambio, encontré un texto que prefiere bordearlos. Allí donde podría haber una confrontación de argumentos expuestos en A propósito del artículo Desaciertos en la escena bogotana, aparece más bien un despliegue enciclopédico de citas y autoridades que sustituye la discusión por su simulacro.

No se trata, en rigor, de un análisis crítico del artículo que lo motiva, sino de una larga divagación discursiva destinada, quizá, a impresionar a lectores poco familiarizados con los autores citados. La erudición, aquí mal empleada, no reemplaza al argumento. Y cuando la cita ocupa el lugar del pensamiento, lo que se obtiene no es una reflexión, sino una maniobra destinada a desviar el problema central.

Por esa razón he decidido responderle, no porque su texto lo amerite en proporción a su calidad, sino porque lo cuestionado sigue siendo pertinente y merece despejar el humo de las susceptibilidades heridas.

1. Agradezco que haya reaccionado con tanta vehemencia frente a mi escrito. Su reflexión no demuestra que mi análisis sea correcto, pero sí que el problema planteado merece ser discutido. Si un artículo sobre los desaciertos en la escena teatral bogotana desata semejante despliegue mediático, es porque no cayó en tierra estéril. El silencio habría sido una respuesta más inteligente; la sobreactuación, en cambio, delata inseguridad intelectual.

2. Su falaz respuesta no rebate un sólo argumento central: ni discute las fórmulas dramatúrgicas señaladas, ni confronta la ausencia de riesgo conceptual en varios montajes, ni aborda el aplauso autocomplaciente que circula dentro de ciertos circuitos teatrales de Bogotá.

En su lugar, recurre a una estrategia conocida: desplazar el debate del contenido hacia la legitimidad del interlocutor. Cuando no se desmonta un argumento, se intenta desautorizar a quien lo formula. Es un recurso gastado y fácilmente identificable.

La crítica conviene recordarlo: no requiere permiso. No existe para proteger sensibilidades ni egos, sino para pensar la escena. Cuando el debate se reduce a defensa gremial, deja de ser estético.

3. Afirma que mi artículo carece de rigor. Habría sido pertinente indicar en qué consiste esa supuesta carencia. Sin embargo, no desmonta un sólo párrafo, no rebate una premisa ni confronta una conclusión. Se limita a adjetivar.
Y el adjetivo sin análisis no es argumento: son citas muertas.

4. No me atribuya intenciones que no he escrito. Mi texto no fue una diatriba personal, sino un ejercicio crítico sobre dinámicas de creación en la escena bogotana. Si usted se sintió aludido, convendría preguntarse por qué. El artículo examina procesos y resultados escénicos, no personas. En crítica, ninguna obra ni creador son intocables.

5. Confundir subjetividad con arbitrariedad es un error frecuente. Toda crítica parte de una mirada situada; lo que la legítima es su argumentación.

Mi artículo crítico se sustenta en montajes observados y analizados durante meses: plantea una hipótesis, desarrolla ejemplos y señala procedimientos. No compartir la tesis es legítimo; sustituirla por ataque personal, no.

6. Resulta casi entrañable su tono didáctico, como si necesitara explicarme qué es el teatro. No lo necesito. Llevo más de treinta y cinco años observándolo y estudiándolo. La diferencia es que no lo idealizo: lo examino.

El verdadero enemigo del teatro no es la crítica, sino la complacencia. No la mirada extranjera que interroga, sino el aplauso automático que persiste. Y de esa ausencia de pensamiento crítico sí padecemos.

7. Su reflexión incurre en una lectura parcial. Construye su argumentación a partir de un sólo texto de mi autoría, como si ese artículo agotara mi mirada sobre el teatro colombiano. Confundir un escrito con una totalidad facilita la contradicción, pero no corresponde a la realidad.

En el mismo período he publicado, entre otros: Panorama teatral bogotano: diversidad, memoria y riesgo escénico, Segunda mirada al panorama teatral bogotano, La nueva escena teatral colombiana, ¡Esto vi!, Punto cadeneta punto, Teatro La Candelaria: 59 años de resistencia y Una mirada crítica a cuatro escenarios.

Textos donde examino procesos, reconozco búsquedas y, cuando corresponde, señalo zonas problemáticas. La cartografía crítica está ahí. Lo que no aparece en su artículo es la voluntad de leerla.

Si le interesa ampliar la mirada, lo invito a visitar mi blog:
https://mipuntodevistacritico.blogspot.com/

8. Hablemos de las citas. La teoría no reemplaza el análisis; lo orienta. Cuando la cita sustituye la lectura, se convierte en mera coartada. Citar no es pensar, y mucho menos argumentar. La erudición no se mide por acumulación, sino por articulación. Cuando la cita reemplaza al argumento, se vuelve un discurso barroco. Y, ya que le gustan las citas, aquí le dejo una, lo dijo Erasmo en el Elogio de la locura: cuanto menor es la sustancia, mayor es la exhibición.

9. La crítica no existe para tranquilizar la escena, sino para incomodarla. Su función es abrir interrogantes, examinar procedimientos y discutir resultados.

El teatro puede sobrevivir al desacierto; difícilmente sobrevive a la complacencia intelectual. El aplauso benevolente no produce pensamiento: produce conformidad, amiguismos.

10. Reducir un conjunto de textos a una sola pieza para desautorizar no es rigor intelectual: es una maniobra trasnochada. El problema no es la crítica, sino la dificultad de convivir con ella.

11. En su reflexión asume una autoridad que hasta hace poco no ocupaba un lugar visible en el debate. Resulta llamativo que la “crisis de la crítica” surja precisamente después de la publicación de mi texto.

Si hoy el tema es incómodo, quizá no sea porque la crítica haya excedido sus límites, sino porque ha vuelto a formular preguntas que permanecían suspendidas en una cordialidad acrítica. La escena no necesita custodios de susceptibilidades, sino creadores capaces de sostener el disenso sin convertirlo en agravio.

12. Intentó descalificarme como crítico y terminó exhibiendo la fragilidad de su propio discurso. Yo discuto ideas; usted las elude.

No me interesan los corrillos ni las validaciones de la cofradía. Vivo de mi trabajo y de mi conciencia crítica, no del aplauso colectivo. Si resultó poco agradable, lo asumo como un síntoma saludable. La crítica que no es incómoda deja de ser crítica. Firmo lo que escribo y lo someto al escrutinio público. Pero ese escrutinio exige argumentos, no descalificaciones.

P. S. Para evitar distorsiones, incluyo a continuación su artículo completo y el enlace de mi texto original.

***

A propósito del artículo Desaciertos en la escena bogotana por Diego Fernando Montoya Serna, publicado recientemente en varios portales teatrales (18 de diciembre de 2025), propongo una reflexión.

Más que responder a los juicios emitidos sobre obras y creadores específicos, el interés aquí es examinar los presupuestos conceptuales, metodológicos y éticos desde los cuales dicho texto ejerce la crítica. Algunas de sus afirmaciones presentadas como diagnósticos generales sobre la escena bogotana y el teatro colombiano plantean problemas que merecen ser discutidos con rigor.

El título no es solo provocación, es un marco ideológico cerrado: “Desaciertos en la escena bogotana”. En una crítica rigurosa el título no es inocente, funciona como hipótesis abierta o como campo de preguntas, no como veredicto previo. Aquí ocurre lo segundo. El texto parte de una conclusión antes del análisis. No propone investigar si hubo desaciertos, sino demostrar que los hubo. Todo lo que sigue queda subordinado a confirmar esa tesis.

Esto contradice principios básicos de la crítica moderna. Roland Barthes sostiene que la crítica no debe clausurar el sentido antes de leer la obra. Susan Sontag insiste en la necesidad de describir y analizar antes de juzgar. Para Georges Banu, el crítico es un testigo activo, no un fiscal. Desde el título, el texto se posiciona como sentencia, no como indagación: fija el marco interpretativo antes del encuentro analítico.

A esto se suma una falsa declaración de neutralidad. El texto afirma: “Este panorama no pretende señalar las ‘obras menos logradas’…”. Esa afirmación es discursivamente falsa. Todo el artículo hace exactamente eso, y además de manera punitiva, no analítica.

Cuando el discurso contradice su propia enunciación, la fiabilidad se resiente. Se declara apertura y se ejerce condena; se promete análisis y se practica descalificación; se invoca rigor mientras se opera desde el gusto personal elevado a ley.

En términos de Pierre Bourdieu, esto constituye una violencia simbólica del gusto: el crítico impone su escala estética sin explicitarla ni someterla a examen. El problema no es el juicio, sino la negación de su propio gesto evaluativo, lo que debilita su honestidad intelectual.

El texto adolece además de una ausencia casi total de marco teórico explícito. Un ejercicio crítico que aspira al rigor debe hacer visible su aparato conceptual. Aquí no se define qué se entiende por “riesgo”, qué noción de “conflicto” se maneja, desde qué concepción de “teatro político” se juzga ni qué tradición estética se privilegia —realismo, épico, posdramático, performativo, entre otras—. Se emplean términos como riesgo, conflicto, verdad, incomodar, urgencia o acción sin delimitarlos. El resultado es una crítica impresionista autoritaria: esto no incomoda, por lo tanto, falla. Como advierte Hans-Thies Lehmann, no es posible exigir conflicto a todas las formas contemporáneas sin antes definir el régimen estético desde el cual operan. Aquí, todas las obras son evaluadas desde un único ideal normativo nunca explicitado. El texto no desarrolla un método, sino que formula una opinión fuerte.

A lo anterior se suma una generalización abusiva acompañada de un tono de demolición. El artículo recurre de manera reiterada a absolutismos —“falla en cada intento”, “no logra”, “nunca logra”, “desfachatez”, “todo lo que el teatro debe evitar”. En una crítica el absoluto es siempre sospechoso, porque cancela la posibilidad misma del análisis diferencial. El uso de la hipérbole no está equilibrado por el examen de escenas concretas, decisiones formales específicas ni ejemplos verificables de estructura, ritmo, actuación, espacio o tiempo. Se viola así un principio elemental: el juicio debe ser proporcional al análisis. Aquí el juicio desborda el análisis y el tono se vuelve punitivo, performativamente agresivo, lo que debilita su credibilidad intelectual.

En varios pasajes, además, el texto cruza una línea ética al confundir crítica con ajuste de cuentas simbólico. Ironías finales como “mejor ver MasterChef”, descalificaciones personales indirectas o expresiones como “Este despropósito no alcanza la categoría de montaje”, “optimismo digno de estudio” y “onanismo” no constituyen pensamiento crítico, sino escarnio cultural.

George Steiner advertía que la crítica pierde legitimidad cuando disfruta la destrucción; Antoine Vitez insistía en que la crítica debe abrir pensamiento, no cerrar trayectorias. En esos momentos, el texto deja de dialogar con las obras y busca imponer una superioridad intelectual.

Todo ello desemboca en una incoherencia interna: se exige riesgo, pero se castiga toda desviación. Se sanciona lo poético, lo alegórico, lo simbólico, lo narrativo, lo popular, lo político y lo íntimo. Nada pasa el filtro. Cuando todo falla, el problema deja de ser el campo y pasa a ser el marco evaluativo.

Es el gesto que Jacques Rancière ha señalado como propio de una crítica que se erige en guardiana del “verdadero teatro” y transforma la pluralidad estética en decadencia moral. En lugar de dialogar con la escena, el texto termina negándola como totalidad.

La afirmación “Si Bogotá aspira a recuperar la relevancia teatral que alguna vez tuvo” introduce, sin argumentación alguna, una narrativa de decadencia que funciona más como gesto retórico que como diagnóstico crítico. ¿Recuperar qué relevancia, exactamente? ¿En qué período histórico se sitúa ese supuesto momento de plenitud? ¿Bajo qué condiciones estéticas, políticas, económicas y de circulación se produjo? El texto no lo precisa. A esta vaguedad histórica se suma otra generalización no demostrada cuando se afirma que “el teatro colombiano este año ha estado marcado por una sobreabundancia de propuestas fallidas”. ¿Sobreabundancia en relación con qué volumen de producción? ¿Fallidas según qué criterios explícitos?

¿A partir de qué muestra representativa del campo teatral nacional? Ninguna de estas preguntas encuentra respuesta. Del mismo modo, la idea de una “acumulación de desaciertos” no se sostiene sobre un análisis histórico comparado, ni sobre un inventario de tendencias, ni sobre una lectura estructural del campo teatral bogotano.

Sin datos, sin periodización y sin marco historiográfico, la noción de decadencia —tanto pasada como presente— opera como una ficción normativa: un pasado idealizado y un presente descalificado en bloque que se invocan para desautorizar la diversidad de la escena actual.

La crítica no puede apoyarse en nostalgias implícitas ni en panoramas totalizantes no demostrados sin incurrir en una forma de conservadurismo estético disfrazado de exigencia radical.

La crítica es necesaria, incluso cuando es incómoda. Pero cuando sustituye la pregunta por el veredicto, cuando reemplaza el análisis por la descalificación y naturaliza un ideal único de lo que el teatro debe ser, deja de abrir el campo y comienza a clausurarlo. Más que un ejercicio de pensamiento crítico, el texto analizado opera como un dispositivo de poder discursivo que fija un modelo, lo impone y juzga desde allí todo aquello que no se ajusta a él.

***

Para concluir este innecesario episodio, la invitación es simple: responda con argumentos. Sin enciclopedias, sin procesiones de autoridades, sin adjetivos donde debería haber pensamiento. Analice. Argumente. Demuestre. Confronte.

Si no puede hacerlo, quizá sea más prudente el silencio. Porque el teatro, cuando es verdadero, no les teme a los desaciertos: los necesita. Entre el pensamiento y la descalificación, la historia del teatro ya ha tomado lugar. Sería digno y, sobre todo, necesario que su reflexión también lo haga.

Acá el enlace del artículo Desaciertos en la escena bogotana publicado el día 26/12/25.

En el Blog de Crítica Teatral Miradas al Escenario:

https://miradasescenario.blogspot.com/2025/12/colombia-desaciertos-en-la-escena.html

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