Sobre un arte que desobedece, obediente

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Por Mario Sánchez Vanegas (en la foto)

Teatrero egresado de la universidad de Antioquia. Mag. en dramaturgia y escrituras creativas. Fundador residual de Fractal Teatro. Co-Fundador del Festival de Teatro Aficionado Universitario ESCÉNICA. Director, dramaturgo y docente de teatro.

“Al hablar de desobediencia no me refiero a la del “rebelde sin causa”, que desobedece porque no tiene otro compromiso con la vida que el de decir “no”. Esta clase de desobediencia rebelde es tan ciega e impotente como su opuesto, la obediencia conformista que es incapaz de decir “no”. Estoy hablando del hombre que puede decir “no” porque puede afirmar, que puede desobedecer precisamente porque puede obedecer a su conciencia y a los principios que ha elegido; estay hablando del revolucionario, no del rebelde”.

E. Fromm

“Un buen ser humano puede ser, como es sabido, un mal artista. Pero quien no sea un gran hombre y por ello un buen hombre, no será nunca un verdadero artista”.

M. Chagall

La desobediencia viene convirtiéndose en otra forma de domesticación, y el quehacer artístico parece no estar lejos de esta paradoja. Bien sabemos que es la obra de arte, y no el artista o la artista, resultado de la conjugación de libertad y osadía, desacato y sacrilegio, de sentido crítico y transformador que tenemos a lo largo de nuestra existencia, lo que no es cualquier cosa, pero es la obra de arte, no el artista, la de naturaleza sublime, aunque sea el o la artista quien cincele su relato a profundidades viscerales, no por menos ha trascendido el Guernica, más allá de Picasso; El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha, más allá de Cervantes; La Sinfonía n.º 5 en mi menor, Op. 64, más allá de Chaikovski.

Dice Wilde en su ensayo El alma del hombre bajo el socialismo: “La desobediencia, a los ojos de cualquiera que haya leído la historia, es la virtud original del hombre”, y virtud original del arte, podría agregar, ¿no? Y es que son pocas las cosas equiparables con lo difícil que es ir en contra del canon, la norma o el principio de algo, de alguien, de una sociedad, de una política, e incluso, de una estética. Y no porque el arte en sí mismo haya perdido su virtud e impetuosa capacidad de ser el acto excepcional y profundamente sensible de la desobediencia en toda su revelación, ¿o acaso hay forma más precisa e irrefutable de desobedecer que hacer arte? No creo, por lo que este texto próximo a su lectura, la suya, después de mi escritura giróvaga, pero sincera, pretende llamar la atención sobre esta irritante condición de anquilosamiento que se viene haciendo paisaje, lugar común que por la costumbre se va haciendo invisible, o transparente mejor, a veces, y otras veces, le hacemos transparente, o nos dejamos vendar mejor, por una sujeción a esa ley de oferta y demanda que nos sigue poniendo precio como artistas, articulando el mercado del arte al sistema económico y social basado en la propiedad privada de los medios de producción, prometiendo al artista y a su arte un lugar importante en ese capital voraz y, sarcásticamente, productor de riqueza (?), tras un estipendio de recursos a través del artilugio del mismo mercado, promocionado en lugares pedagógicos, de construcción crítica y tratamiento político en la administración de recursos, y entonces desobedecemos, o creemos desobedecer, pero ya no convencidos de un posible cambio sociopolítico, buscando infundir hasta la inspiración nuevas formas de pensamiento, reflexión y crítica, poniendo en su lugar los procesos inacabados de transformación, sino que nos dejamos arrebatar la “desobediencia”: esa forma de “obedecer” inherente a todo proceso creativo; a toda actitud vital de repudio y enfrentamiento a esa integración social normalizada por las dialécticas que vienen trazando las directrices de nuestra desentrañada y desengañada contemporaneidad.

Y cuando desobedecer es ya un precepto de obediencia, el arte se sirve como anestesia y no como expresión auténtica de lo que acaece.

Quién no sabe que fue el no querer estar bajo el yugo de los dioses, obedeciéndoles, lo que condenó a Prometeo a que un buitre devorara su hígado todos los días, mientras permanecía encadenado a una roca en la montaña del Cáucaso.

No obstante, desobedecer es la virtud ahora, cuando desde los más lejanos anales, era sinónimo de degeneración, una transgresión ética, un acto inmoral llamado a ser corregido con los peores castigos, como en los mitos griegos. De igual forma la mitología hebrea tenía sus castigos, en el libro Levítico 26:14-46 se dicta a quien desobedezca los Mandamientos: “Haré que a ustedes les sucedan grandes desgracias, enfermedades y fiebres. Esas enfermedades destruirán sus ojos y les quitarán la vida. No les servirá de nada sembrar porque sus enemigos se comerán lo que ustedes produzcan. Me pondré en contra de ustedes y sus enemigos los derrotarán. Los gobernarán aquellos que los odian y ustedes vivirán tan asustados que correrán, aunque nadie los esté persiguiendo […]”, sin embargo, recordemos que fue un acto de desobediencia lo que liberó a Adán y a Eva y les “abrió los ojos”, haciendo del “pecado original” un acto de liberación remoto a la depravación, perversión o corrupción. “La desobediencia es entonces, en el sentido que aquí le damos, un acto de afirmación de la razón y la voluntad. No es primordialmente una actitud dirigida contra algo, sino a favor de algo: de la capacidad humana de ver, de decir lo que se ve y de rehusarse a decir lo que no se ve. Para hacerlo así el hombre no necesita ser agresivo o rebelde; necesita mantener sus ojos abiertos, estar plenamente alerta y deseoso de asumir la responsabilidad de hacer abrir los ojos a quienes se hallan en peligro de perecer porque están amodorrados”. (Fromm, 1984)

Sin duda alguna, los actos de desobediencia en el ser humano, son del orden de su evolución, lo mismo diría del arte. Su trayecto hacia la perfección tiene su progreso y transformación en aquellos hombres y mujeres que tienen y nutren la osadía de no renunciar a su capacidad creativa e intelectual de desobedecer, o mejor, de obedecer a la desobediencia de poner mordaza a los cambios de sentido y significado, sin prefijos. Cuando al quehacer artístico le es trazado preceptos o normas de cualquier naturaleza, es imperativo que el artista las trascienda suprimiéndoles. El artista, que es nombrar lo que, como creadores y creadoras, queremos ser, es quien debe estar en desacuerdo conscientemente y cuestionar los métodos, los modelos, las ordenanzas, y no el arte, que es el precipicio horadado a uñas y dientes bajo nuestros propios pies, en acuerdo con todo lo que denuncia atrocidad por la violencia; desmanes y vejaciones por el despotismo; y la falta de consciencia al percibir, reconocer, comprender e interpretar nuestro entorno sociopolítico.

Todos los obstáculos, aprietos y contrariedades para descubrir y acertar configuraciones de emancipación, liberación o autonomía apropiadas y oportunas, ¿no devienen, acaso, porque se ignora en qué consiste y cómo está fundamentado el hecho de desobedecer? Cuando desobedecer es ahora relativamente fácil, siendo lo difícil urdir esa trama de forma coherente entre lo que pienso, quiero y hago. Y es que a cada tanto nos sentimos provocados y nos llamamos a la desobediencia, pensando que la pugna es contra un antagonista externo, cuando el verdadero combate es contra nosotros mismos.

Los actos creativos, verbigracia, el teatro, la música, las plásticas, vienen siendo domesticados en consecuencia por supuestos actos de desobediencia, cuando deberían ser éstos, actos de obediencia a la búsqueda del descentramiento, desterritorialización y el desequilibrio propios de los recursos y métodos del pensar, el explorar y experimentar el hacer del arte, en equivalencia a la alteridad surgida en la obra, dados los lugares de turbulencia, perturbación y contaminación técnica, tecnológica, estética y disciplinar.

¿Desde hace cuánto el quehacer artístico y creativo viene obedeciendo a la desobediencia, dejando de ser para las múltiples realidades, una herramienta de sensibilización, conciencia y reflexión crítica? No lo sé, pero sí puedo arrojarme y decir que como artistas sabemos que desobedecer es un arte en sí mismo, y que hace rato desobedecer no es provocar ni cuestionar el orden establecido, sino acoplarnos, acondicionarnos, adaptarnos como esa especie entre especies sobrevivientes, no por su fortaleza, rapidez o inteligencia, sino por su capacidad de adaptación al cambio, cuando como artistas somos el cambio. Hace mucho nuestras certezas como creadores y creadoras, como artistas, como seres de singular resistencia, de oposición al consenso con cualquier lenguaje que no sea el de la transgresión que nutra la vitalidad de la imagen, el movimiento, el símbolo contra el establecimiento, no han sido desmoronadas. Ya no hay desmoronamientos. Los grupos son “grupos conformados” para convocatorias, haciéndose extensión de las instituciones que detentan el poder político, económico y religioso. No desobedecemos, nos hemos estado convirtiendo en una réplica de cuero del mundo, por ejemplo, se derriban ídolos de cemento para ponerlos, luego, de bronce. Ya no hay provocación, el sarcasmo es un chiste homofóbico, xenófobo, racista o de discriminación intelectual.

Tal vez alcance a rasguñar algunas pieles sensibles y deba decir que, sin duda, hay dos o tres propuestas del arte actual establecido que trae ácido en sus creaciones, aunque difícilmente lejos de la institución y sus productos de consumo.

Sin embargo, no es el arte el obediente, sino el artista, porque ya pretender hacer obra en este país es un acto de desobediencia.

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