Foto de Sandro Romero Rey por Daniel Mordzinski
Queridos amigos de Kiosko Teatral: ayer, pensaba sentarme a escribir este listado (atrasado, retrasado, agotado) que he debido entregarles desde hace dos semanas. Salí de la Facultad de Artes-ASAB, en el corazón del San Victorino bogotano a las seis de la tarde. Llegué a mi apartamento, en el barrio Chapinero, a las ocho de la noche, con el cerebro hecho trizas, los oídos zumbando por la felicidad prenavideña, en fin, por la vida real. Ahora pienso, cuando logro sentarme, que el verdadero número uno de la actividad teatral en Bogotá se lo debe llevar el público. El público que se atreve a salir de casa, atravesar la ciudad, hacer caso omiso a su desastre y correr el riesgo de ser feliz en el teatro. Por esta razón, les pido permiso si me niego a citar no sólo montajes de grupos colombianos: en mi selección hay daneses, lituanos, gringos, argentinos y, cómo no, locales de distintas fronteras. En última instancia, lo que cuenta es el público de la capital colombiana que ha preferido las butacas a su lecho confortable. El público se merece todos los aplausos. Cada vez más, el rigor y la búsqueda de la imposible perfección debe ser un imperativo para la escena local. El esfuerzo para ver (y hacer) una obra maestra es el mismo que para fabricar un desastre. Por eso, quienes optamos por el oficio de las tablas siempre viviremos en la cuerda floja. Y es mejor mantener el equilibrio porque ya se sabe lo que pasa cuando éste se pierde. Y el público está ahí. Y no se merece una caída.
Nota bene: No hablo aquí de reestrenos. Sólo de puestas en escena que se han visto en Bogotá por primera vez en el 2015. De lo contrario, con tanto matacandelas, umbrales, tramalunas y demás, la lista no se acabaría nunca. Y, de rodillas, me disculpo con los que no pude ir a verlos.
Cito de memoria:
1. Corruptour ¡País de mierda! Caso Jaime Garzón: La Barracuda Carmela y Resortera / Dirección: Felipe Vergara y Verónica Ochoa
La actriz, dramaturga, directora y maestra en provocación Verónica Ochoa la sacó del estadio con su puesta en escena en una chiva que atraviesa Bogotá, mostrando los lugares donde se esconde lo peor de nuestra cultura. Pero in situ, donde habita el infierno. Ya desde el año pasado habíamos visto y comentado (http://elmalpensante.com/articulo/3198/jaime_garzon_en_el_corruptour) las costuras secretas del prodigio. Ahora, después de tumbos y retumbos, Santa Verónica (porque va a ser canonizada muy pronto, de eso doy fe) consolida por fin una temporada donde hubo de todo: ataques de pánico, azafatas acosadas, vecinos amenazantes, llantas pinchadas, payasitos de macdonalds pateados. Un clásico de la inteligencia.
2. Camilo: Teatro La Candelaria / Directora: Patricia Ariza
El Teatro La Candelaria, en sus primeros 49 años, volvió a demostrar por qué son los mejores. Aferrados al mástil del barco, mientras Santiago García los observa, envuelto en su ruana y sonriendo desde la distancia, allí continúan con sus aventuras de alto riesgo, soportando los coletazos fatales de la muerte y la lenta desaparición de sus miembros tutelares (antes Fernando Peñuela; este año, Francisco Martínez). La puesta en escena sobre “el cura guerrillero” es una coreografía sin posible denominación, una coral de sacerdotes rebeldes, un poema sin rigor aristotélico ni consolaciones brechtianas. Es un viaje hacia lo desconocido, donde se enciende la llama de la ambigüedad y termina triunfando la poesía. Quien quiera saber de la vida de Camilo Torres, que vea la película de Francisco Norden o lea el gran libro de Joe Broderick. Lo que La Candelaria construyó es una obra de arte donde estallan las fronteras y se instala el misterio.
3. Labio de liebre: Teatro Petra. / Dramaturgia y dirección: Fabio Rubiano
¿Cuántos grupos de teatro colombianos han llenado el Teatro Colón de Bogotá durante 5 semanas, con una sola obra y produciendo un entusiasmo unánime, para luego repetir temporadas en el Teatro Nacional, en el Jorge Eliécer Gaitán, qué se yo, fuera de nuestras fronteras, con positivas respuestas cada vez que termina la ceremonia? Muy pocos, por no decir ninguno. Fabio Rubiano y su Teatro Petra la supieron hacer. No sólo porque se trata de una obra que reflexiona sobre el llamado “postconflicto” desde la perspectiva de la utopía, sino porque abre y cierra un nuevo ciclo de indagaciones en un grupo (sí, todavía existen los grupos de teatro) que cumple sus 30 años de existencia con la vena de la creación chorreando sangre a borbotones. Con el paisaje fantástico inventado por la artista Laura Villegas (otro de los nombres imprescindibles en la nueva escena nacional), Labio de liebre es un clásico precoz del teatro colombiano.
4. La secreta obscenidad: Teatro del embuste / Director: Matías Maldonado
Aunque la versión liderada por Matías Maldonado ya había sido estrenada en Bogotá con la presencia del actor Alberto Valdiri, el fallecimiento de este último convierte a dicha puesta en escena en un nuevo montaje, con nuevos rumbos y la estupenda presencia de su director, tomando el rol del amigo desaparecido. Junto a Hernán Caviativa, un desastre natural del que ya nos estamos acostumbrando con alegría los espectadores adictos, esta versión del clásico del chileno Marco Antonio de la Parra se lleva muchos aplausos, tras su temporada en el fantástico Teatro Odeón y su reinvención en la Sala Mayolo de la Casa E., en el barrio que vería morir a Valdiri, uno de los intérpretes de la escena (y de la televisión y del cine) más querido por una generación que creció en medio de la rumba y el derrumbe.
5. El ciclo Mirada Paralela: La maldita vanidad / Varios directores
El Teatro La Maldita Vanidad decidió sacarle el jugo a Chejov hasta sus últimas consecuencias. Por un lado, estrenó su arriesgada versión de Las tres hermanas, bajo el título de Hoy envejecí 10 años, una autopsia del Medellín de los años ochenta, con el soporte de la pieza del autor ruso. Pero lo que más me entusiasmó fueron sus versiones en pequeño formato de distintas revisiones del autor de El jardín de los cerezos. Desde El tío Vania de la misteriosa Martha Márquez, hasta las versiones de la actriz Ella Becerra o del grupo Cortocinesis. En el conjunto, se destaca el arrebato de sinceridad del actor y director Manolo Orjuela con su Te estás volviendo Chejov, apoyado en la estupenda actriz chilena Javiera Valenzuela. Y como contundente complemento, el siempre necesario Pawel Nowicki (por su provocación, por su traviesa amargura, por su desencanto) se inventó una danza de puertas que se abren y se cierran en Drama de caza, una versión más que libre de la novela de Chejov, donde Nowicki regresa a lo que mejor sabe hacer: piezas de formato mínimo y amplios recursos. De inmediato, uno recuerda sus memorables ceremonias alrededor de La hojarasca de García Márquez o de El matrimonio de Gombrowicz y el mundo vuelve a estar en su sitio.
6. Arrojad mis cenizas sobre Mickey: La Carnicería teatro y Théâtre National de Bretagne / Dramaturgia y dirección: Rodrigo García
Y que Pawel Nowicki nos sirva de puente para los invitados internacionales. Todavía es sorprendente que el público se escandalice con el teatro, a estas alturas del siglo XXI. Pero la primera visita de Rodrigo García a Colombia (creo que es la primera visita: antes habíamos visto algunas de sus obras gracias al colombo-catalán Marc Caellas) generó toda suerte de improperios. En especial, los más sorprendentes, los de los mismos amigos del teatro, que criticaron el estupendo escupitajo creativo de García en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, como si se tratase de las protestas ante el maltrato animal en una corrida de toros. Rodrigo García es un santo delicado en medio de los horrores del mundo. Cuando sales a la calle, después de vivir sus performances y sus travesuras, te das cuenta que acabas de salir de una inocente versión de la Caperucita roja.
7. Camargo: Dramaturgia y dirección Johan Velandia
Bueno, pero regresemos a los nacionales. Dentro de las obras de microteatro, esos ejaculatio precox de 15 minutos que se han puesto tan de moda, se destacó el seriado (tres episodios) de un asesino en serie llamado Camargo, escrito por Johan Velandia, conocido recientemente por las redes sociales como el Dorian Gray del teatro colombiano. Siniestra aproximación al mundo de los asesinos, con una puesta en escena que sucede alrededor de una mesa, mientras los espectadores no sabemos si somos comensales o cómplices de los oprobios. Los tres capítulos de Camargo se convirtieron en una sola obra y se presentó en la Sala Buenaventura de la Casa E., con una desconcertante y asustadiza aceptación del público.
8. The living room: The workcenter of Jerzy Grotowski and Thomas Richards / Dirección: Thomas Richards
La herencia de Jerzy Grotowski se consolidó en el Teatro Varasanta con la presencia de Thomas Richards y su grupo de colaboradores del Workcenter de Pontedera (Italia). Para consolidar sus talleres en Bogotá, presentaron a público la experiencia de The Living Room, una obra sublime, llena de cantos, escenografía impecable, actuaciones sobrenaturales y conmoción garantizada. Podríamos escribir ríos de tinta sobre este montaje incomparable, pero prefiero el silencio. Si alguna vez, querido lector, os lo cruzáis por el camino, cancela lo que tengas e ingresa a sus entrañas. Si nunca supimos realmente en qué consistió el misterio de Grotowski, la experiencia de Richards nos responde hasta la saciedad nuestra curiosidad. Más conmovedor, imposible.
9. El idiota: Meno Fortas / Director: Eimuntas Nekrosius
Tengo un amigo editor que, para dañarme el almuerzo, se encarga siempre de hablarme mal del teatro y de decir todo lo que sufrió en el primer Festival Iberoamericano “cuando le tocaba ver 5 horas de teatro en lituano sin subtítulos”. Lástima que mi amigo no volvió a pisar un patio de butacas desde 1988, pues ahora las obras de 5 horas en lituano tienen subtítulos y, para completar, quien visita nuestros escenarios, fuera de la cita bienal del Ibero, es el gran creador de la escena Eimuntas Nekrosius, con su prodigiosa versión de El idiota de Dostoievski con el grupo Meno Fortas. Las novelas de Dostoievski dan para todo y han tenido un feliz matrimonio con la escena. De hecho, en Colombia, el Teatro Libre de Bogotá se ha esforzado por adaptar cuatro de ellas. El caso de la aventura de Nekrosius, cuando visitó el exigente escenario del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, produjo un estado de eso que podríamos llamar un caso de catarsis colectiva difícil de explicar. Las 5 horas de las que se quejaba mi amigo resultaron pocas ante la descarga de adrenalina espiritual que respiraba el prodigio. No, no son exageraciones. El idiota de Nekrosius bailó a su antojo con nuestra ansiedad desbocada y, presas del pánico, nos condujo al abismo de la felicidad. Incomparable.
10. La vida crónica: Odin Teatret / Director: Eugenio Barba
Lo siento, pero cuando el Odin Teatret de Dinamarca, bajo la conducción de Eugenio Barba visita a Colombia, hay que desenredar la alfombra roja y dejar que por allí pasen sus actores perfectos. En esta ocasión, la sorpresa era adicional, pues se contaba con la presencia de la joven y maravillosa actriz colombiana Sofía Monsalve que, por esta época, debe estar regresando a sus raíces. Por lo demás, el Odin acompaña siempre sus visitas con talleres, demostraciones, conferencias, homenajes y breves piezas de hermosos registros. La vida crónica es la consolidación de 50 años de trabajo ininterrumpido, de la invención de un método para inventarse la poesía sobre el escenario y de dejarnos mudos y felices a los habitantes de sus experiencias. Por fortuna o por desgracia, los espectáculos de Barba y su ejército siempre ocuparán el primer lugar de cualquier lista, en cualquier lugar del mundo. Larga vida a los mejores que nos visitaron, no sólo en el Teatro de Cámara del Julio Mario Santo Domingo, sino en el Teatro La Candelaria, en la Universidad Nacional, en el Teatro El Parque, en las escuelas de formación teatral. Salud.
Bonus track: Ni con el pétalo de una rosa. Dentro de los ciclos programados por Casa E., quisiera destacar sus breves reflexiones sobre la violencia contra las mujeres. Allí estuvieron las estupendas experiencias de Mario Escobar, Carolina Mejía, Manolo Orjuela, Clara Sofía Arrieta, Santiago Rivas, Pedro Salazar, Martha Márquez, John Alex Toro, Margarita Ortega, Mónica Cifuentes, Diana Pabón, entre otros. Aún pueden verse algunos de estos estupendos trabajos en las pequeñas salas del templo de las inteligentes travesuras de Alejandra Borrero.
Nota final: Si se me permite, quisiera manifestar mis satisfacciones privadas en el mundo de la escena: la Coordinación del Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB de la Universidad “Francisco José de Caldas”, que siempre me llena de satisfacciones. La publicación de los dos tomos de mi libro Género y destino. La tragedia griega en Colombia. Y, para concluir, respiro profundo con mi breve regreso a los escenarios como dramaturgo, actor y director de Intercambio, con la complicidad creativa de un grupo de amigos del pasado, del presente y del futuro. Mil gracias a todos.


