La ridícula manera de morir de algunos grandes dramaturgos

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Tomado de la revistabecult.com.ar

Por Atilio Caballero

Poeta, narrador y dramaturgo cubano. Licenciado en Teatrología y Dramaturgia, por el Instituto Superior de Arte en Cuba. 

Para Miguel Cañellas

Cierta profecía había vaticinado a Esquilo una muerte poco digna para un héroe de Salamina: sucumbir aplastado por el techo de una casa. Más avisado que nadie por haber nacido en la misma Eleusis, creyó evadir los riesgos visionarios de aquella pitonisa durmiendo a cielo abierto, y murió a consecuencia del contundente impacto producido por una tortuga caída de no se sabe dónde y que aterrizó alevosamente sobre su cráneo, aplastándolo. Primera paradoja del destino: a quien se atribuye la introducción del dilema trágico como eje fundamental del género, le es imposible discernir esta amenazante y sencillísima metáfora con categoría de acertijo de charada.

No todas las cosas comienzan bien, pero un inicio tan ilustre parece digno de una honrosa descendencia: singular, notoria y tragicómica ha sido la manera de abandonar este mundo de una buena parte de los escritores de teatro a lo largo de la historia, sin que esto menoscabe sus glorias anteriores a tan funesto momento. Todo hombre tiene la mujer que merece, se oye decir, pero este aforismo no parece ajustar bien a los grandes dramaturgos, al menos en lo que a la obligación de morir se refiere. Ironía del destino, broma sarcástica, desdeño indecoroso o mutis de bufón que nos deja desarmados después de una pirueta o un giro coloquial en el que les iba la vida; la ley del cielo o de la gravedad juegan de nuevo una mala pasada cuando hacen estopa en una oscura calle parisina a Cyrano de Bergerac, muy conocido en su época tanto como escritor de comedias como duelista, aplastado por la presión de un silbante madero que vino a estrellarse -también- sobre su cabeza en 1655, a los 36 años de edad. Pero ninguna de estas cualidades -o ruedas de fortuna- lograron trascenderlo tanto como su amistad con Juan Bautista Poquelín, quien lo utiliza como referencia principal en el diseño de uno de sus más famosos personajes y, de paso, continúa la tradición: la muerte, como el amor, es una fábula incesante, y la casualidad, la sospechosa coincidencia, algo más que un simple golpe de dados. El 17 de febrero de 1673, una semana después de estrenar El enfermo imaginario, muere Molière sobre el escenario de un teatro de provincias, justo cuando su personaje Argón -¿o él mismo?- respira tras la intranquilidad de un malentendido, y alguien del público grita entusiasmado: “!Ánimo, Molière, esta es la gran comedia!”

Son pocos pero son, nos dejaron dicho, y no en balde El Barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, estrenadas pocos años antes de la toma de la Bastilla, revolucionaron a una masa popular ávida de verse representada sobre un escenario como en un espejo y otra vez la historia -¿la casualidad, el azar concurrente?- propicia el encontronazo de esa yunta inmortal que forman Mozart y Beaumarchais. Pero como ahora se trata de dramaturgos, este último no podía quedar al margen de esta “tradición”: metido de cabeza (órgano recurrente) en los acontecimientos políticos que cambiaron el curso de la historia contemporánea, llega a resultar incómodo a Robespierre, quien, para darle una buena sacudida, lo arresta y coloca su cabeza en una guillotina de adorno que tenía en su despacho. Beaumarchais no resiste y muere del susto. Doble broma: la del Temerario, y la de morirse así…

En ocasiones, esta ridícula o afortunada dicotomía llega con algunos minutos de retraso… pero llega. Es imposible sustraerse a la tentación de contar la conocida y sabrosa anécdota chejoviana, muy digna por cierto de él: muerto de tuberculosis en un sanatorio de Alsacia, llega a Moscú el cadáver del escritor en un vagón de ferrocarril rotulado con la inscripción “Ostras frescas”. Por si fuera poco, su llegada coincide con la del cadáver de un general caído en campaña, y su sencillo ataúd es escoltado un buen trecho por los tronantes aires funerarios de una banda militar. Gorki asegura que la confusión fue prontamente reparada, pero yo me pregunto: ¿qué confusión?

¿Ironía? ¿Azar? ¿Concurrencia? Henry Bataille, cuya producción dramática (Maman Colibri, La marcha nupcial, La amazona…) alababa Nietszche, joven todavía y ya casi orate cae de un caballo a pleno galope y su cabeza —!otra vez!— se pulveriza contra una roca. Cronista agudísimo de una sociedad, una época y un entorno como pocos, y después de haber elevado a una estatura trágica algunos personajes inolvidables, Tennessee Williams (en la foto) se ahoga tranquilamente con un hueso de pollo atravesado en la garganta, en el bucólico ambiente de un almuerzo campestre.

No obstante cierto escepticismo, todo nos hace ceder ante tales evidencias. Insistiendo en la versatilidad de la dicha, en “la rotación que impera en las cosas de la tierra”, nos advierte Heródoto sobre la paradoja de estos dos conceptos tan abstractos y a la vez definitorios. Y es aquí donde uno se pregunta: ¿acaso entonces vale menos una muerte anodina si es que queremos llegar a ser grandes dramaturgos? Creo que no. Y al igual que usted, pienso ahora en Shakespeare, esa excepción que parece confirmar la regla. Su paso por la vida fue una de esas existencias “deslizadizas y mudas” que alabara Montaigne. A mitad de una existencia sin muchos sobresaltos, como no fueran los de su genialidad creadora, se compra una casa en su Stratford natal, y planta una morera en el patio trasero. A los 51 años vuelve al hogar, se sienta tranquilamente una mañana de verano a la sombra de aquél árbol, y muere, como si durmiera, con una leve inclinación… de la cabeza. Pero, ¿y esa fruta seca, gruesa y pesada que fue hallada a sus pies? ¿No habrá caído sobre su testa unos segundos antes?

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