Y como hacer teatro es un acto de resistencia…

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Por: Mario Sánchez Vanegas (en la foto).

     Teatrero egresado y docente de la Universidad de Antioquia.

            Fundador y director de Fractal teatro de Medellín.

“Hay [en el teatro], como en la peste, una especie de sol extraño, una luz de intensidad anormal, donde aparece que lo difícil, y aun lo imposible, se transforman de pronto en nuestro elemento normal”.

Antonin Artaud en “El teatro y la peste”

«¿sería que estaba cansado de ver tanto teatro o sería que nuestro teatro se estaba acomodando sin riesgos, ni ricas apuestas, ni aventuras sinceras?»

William Guevara en Brindo

Lo mejor que le pudo pasar al teatro para que algo pasara con el teatro, ha sido este confinamiento de mierda por un virus pandémico, y por el que o hemos perdido a algunx de lxs nuestrxs o conocemos a unx de lxs nuestrxs que así le ha pasado, y esto sin contar con todos los velos corridos que guarecían la corrupción ensañada con la salud, la educación y la cultura, propios del gobierno actual en Colombia, en fin. A lo que quiero apuntar en este texto, es que, si no es porque este confinamiento “voluntario” ha obligado al cierre de los espacios para el teatro, el quehacer teatral no hubiera caído en la cuenta, además de su condición arcaica (condición referida a lo técnico, por supuesto), que el público espectador es más que una boleta vendida o una butaca ocupada o un aplauso que sólo significa si se suman muchos —sin importar su criterio—, algo parecido a la lluvia que, si no es mucha —en aguacero— pasa a ser insignificante.

En su artículo Ventajas sobre la peste, Caparrós escribe:

“No somos lo que somos; somos lo que podríamos ser. O eso nos creemos: nos gusta ser lo que podríamos ser mucho más que ser lo que somos. Nos gusta pensarnos como eso que querríamos; después, la realidad contraataca y nos ofrece el pretexto perfecto: ah, lo que yo haría si no fuera porque. Ahora tenemos la mejor: como excusa, a la pandemia no le gana nadie”.

Y es que, para el teatro, no somos lo que somos, sino lo que diga el público que debemos ser —a eso lo acostumbramos y nos acostumbramos— y nos volvió a importar el público espectador en el buen sentido, más allá de si está presente o no: se comenzó a mover el sofá de la comodidad creativa. Lxs más tímidxs comenzaron con charlas, talleres o/y entrevistas —algunas transoceánicas—. Y lxs que iniciaron tomando la cabra por los cuernos, asumieron la migración digital hacia el podcast y lecturas dramáticas (¿radioteatro?) hasta posibles “cortometrajes”, pasando por el “videoteatro”, “teatro-streaming”, “teatro zoom”, performance o puestas en pantalla; cayeron en la cuenta que el público espectador no es un enigma o misterio como lo escuché en varias ocasiones, por el simple hecho de no saber cómo atraer a su majestad el público espectador, a una sala de teatro para que “viva” el espectáculo que va a ser presentado, sino que el público espectador ahora escoge entre HBO, Netflix o la obra de teatro vía streaming, por el mismo motivo que (antes de este confinamiento) elegía entre ir al cine o al estadio a ver fútbol que ir a ver tu obra: buena calidad en sus contenidos y tratamientos técnicos y estéticos, pero como uno no es lo que quiere, si no lo que puede ser como lo dice Caparrós y lo canta Andy Montañez, en esta aparente y absurda suspensión de procesos creativos, que más que un paréntesis o excusa para no hacer, fue una gran fisura, una brecha por la que se abismaron cambios que, aunque reticencias y excepciones se hallaron al inicio, al final fueron seducidxs y capturadxs por el precipicio de los bits y de los pixeles, de los dispositivos de almacenamiento digital y sus pluriversos mediáticos, aceptando una especie de “epidermis de bifenilo o cristal líquido”. Descubrieron con poco beneplácito que eran arcaicas, desgastadas y hasta en desuso todas aquellas exploraciones de marketing y producción, inspiradoras al principio y convertidas al final en un sofá que tiene en el lugar de sus resortes un hundido con la forma del culo de quienes “haciendo teatro” hacían parte de esa patología provocada por los dogmas y los paradigmas: la de estar haciendo lo mismo; y en esa mismidad que se daba en el quehacer teatral tuvo que enfrentar —gracias al confinamiento por Covid-19— un público que ya no es el mismo, aunque haya quienes siguen negando ese público haciendo lo mismo, como si lo diferente como opción de reflexionar y escrutar el trabajo técnico y estético propio, pusiera en marcha un proceso corrosivo y cáustico que busca desaparecer —¿autodestruir?— su estilo ya logrado, cuando no hay nada más feroz y agresivo que pretender ser lo mismo o/y ser igual a lo(s) demás, o como dicen que dijo Albert Einstein: si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo.

La cartelera teatral de la ciudad de Medellín —la que más conozco— y de algunos otros lugares del mundo —que gracias al confinamiento pude ver—, pasaban por una especie de duelo al tener que levantar el culo de ese sofá de la comodidad y la holgura, y emanciparse de los dogmas, perder el miedo a resemantizar(se), terminar de rasgar el celofán del paradigma purista sobre que si el teatro esto o que si el teatro aquello y decidir, finalmente, encender el dispositivo y empezar a transmitir, porque era el mismo teatro el que empezaba a desgastarse —ya no lxs creadorxs—, manifestando una patología de lo igual, y los creadores/ras trasegando un duelo, dando pena por lo lejano del acontecimiento convivial, la ausencia de un público espectador, la privación de un lugar físico para crear, y aquí recuerdo ese artículo escrito por el dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig que, si ustedes bien recuerdan, lo tituló al mejor estilo de la ciencia ficción apocalíptica dado su sentido funesto y aciago: La función no puede continuar.

«El teatro —ya sea el oficial o la escena independiente— es lo opuesto al aislamiento. Este lugar, esta ancestral institución, que es una parte determinante de nuestra identidad cultural, la hemos perdido por el momento y hasta nuevo aviso. El teatro parecía casi indestructible, no necesita prácticamente nada, no necesita techo ni electricidad. A diferencia de la radio, la televisión, el cine e Internet, el teatro es algo así como un dinosaurio analógico y pájaro del paraíso al mismo tiempo, encantador, brusco, maleducado, vanidoso, a veces presuntuoso y vacío, en ocasiones también espantosamente sincero y honesto y necesario, en su diseño básico muy old school, pero también decisivo en la permanente reinvención de la modernidad”.

Y quién dice que todo lo relacionado con este virus de mierda no es nefasto o fatídico por decir lo menos, pero algo cercano al “sin darnos cuenta”, gracias al confinamiento por este virus de mierda, el público espectador tomó su lugar, ya no en la butaca, sino en los procesos creativos como, creo yo, ha estado y debería estar siempre. Y las propuestas, desde las más clásicas hasta las más contemporáneas tuvieron que retomar los pasos que, en muchas de las obras que vi antes del confinamiento por pandemia, apenas y les habían pasado revista: “investigar, aprender, improvisar, volver a aprender” y darle con absoluta sinceridad la última palabra a un público siempre espectador, si vamos a su raíz etimológica, y sin importar si el espacio es físico o virtual, dejando a un lado esa nostalgia voraz de algo que no es más que una clara radiografía sobre la mirada de una sociedad de la instantaneidad masiva. Por este confinamiento teatreros, teatristas y teatrólogos de esta ciudad (la mayoría) se descubrieron homogeneizados, las creaciones se generaban a partir de un público pre-formado, pre-concebido —lxs mismxs aplaudiendo lo mismo—, haciendo parte de la satisfacción de un placer por lo que es consumido sin miedo a quebrantar una idea o pensamiento, sin miedo a que, creadorxs y público espectador, no perdieran su rumbo y perdieran la costumbre de superarse a sí mismxs, pero como hacer teatro es un acto de resistencia y es en el quehacer teatral en donde se guardará lo que somos como creadores y lo que hemos hecho como seres humanos…

Para dar cuenta de la Medellín teatral, sólo voy a enunciar algunos de los festivales de teatro realizados en pleno confinamiento ¡festivales de teatro y en pleno confinamiento!: el Festival Universitario de teatro aficionado, Escénica; la Fiesta de las Artes Escénicas; el Festival de teatro de San Ignacio; el Festival Colombiano de Teatro Ciudad de Medellín; el Festival de teatro Invernía; el Festival del Carmen del Viboral: El Gesto Noble, el XIV Festival El teatro se toma Bello; el Titirifestival de Manicomio de muñecos; además del surgimiento de dos proyectos pioneros que tienen por almendra en su propuesta la dramaturgia: Telecturas: lecturas dramáticas en línea, y Dramaturgias y otras pandemias, un espectáculo de improvisación escritural.

Entonces, pregunto con Shaday Larios Ruiz:

«¿Qué lugares, qué pensamientos, qué dramaturgias espaciales provisionales se construyen para la recuperación, si en quien sobrevive al día después de una catástrofe, operan la visión y la conciencia de habitar adentro de un posible día antes a otra devastación? Un análisis del sentimiento de posteridad a una catástrofe, a través de obras determinadas de las artes escénicas, nos lleva a investigar hábitos asolados, utopías, añoranzas. Nos posiciona en la paradoja por la que desde hace siglos transita nuestra conmoción y nuestra impotencia: la falsa idea de progreso asentada en una ‘catástrofe de orden racional’, que hoy apuntala hacia los temores de una guerra atómica mundial, de una calamitosa extinción de las especies y antes de eso, a una perenne crisis económica».[1]

Paradójicamente, han sucedido incontables devastaciones de la raza humana y en un sinnúmero de formas, métodos, sistemas y, sin duda alguna, sucederá otra de nuevo y ya no estaremos, pero el teatro sí, y lo estará por los milenios de los milenios, incluso sobreviviéndose a sí mismo.

Hasta ahora este SARS-CoV-2 ha sido la pandemia más letal del siglo XXI, después de la cólera en Haití por allá en el 2010 o la influenza a nivel mundial en el 2009, sólo por poner dos ejemplos, y seguramente —espero—en un futuro cercano el uso del tapabocas, barbijo o mascarilla, el saludo con los codos y las manos con una sensación inflamable por alcohol, todo el tiempo, serán lugares comunes para bromas; y ojalá sea un recuerdo cuando señalemos que, gracias al confinamiento de mierda, nos dimos cuenta que “los artistas del teatro independiente no somos personas con ahorros, dado que los ingresos no son suficientes” (Schimmelpfennig) y muchxs pasaron a ser, de lo que hubieran querido, a lo que muchxs nos señalan de ser: víctimas, como bien lo dice Caparrós. Y se comenzaron a cerrar teatros, pero no por falta de teatro, y comenzaron a morir los artistas, pero no por falta de arte, y se evidenció que en esta ciudad —Medellín, que es la que más conozco— junto a muchas otras ciudades del país, los y las creadoras no morían porque no tuvieran qué crear, sino que morían de hambre, física hambre y, gracias a la pandemia, nos dimos cuenta que son muchxs artistas y teatrerxs que hacen parte de lxs que no tienen salud, de lxs que no tienen posibilidad de una pensión para tener algo de dignidad en la vejez, y que son muchxs lxs que terminan, por este capitalismo color hormiga o naranja, da igual, a ser obsoletxs porque son analfabetas informáticos, porque esta migración a lo digital puede poner en riesgo la estética de la propuesta, lo que es posible y no. Pero, dónde más, si no es en el quehacer teatral, se vive de la invención, de hallar soluciones, de poner en marcha cualquier artefacto —la imaginación, incluso— para expresar eso que queremos expresar, y así, gracias a la pandemia el quehacer teatral recibió algo de oxígeno creativo y puso en otro lugar que no fuera la butaca al público espectador, y se ha resistido sin asomo alguno de claudicar. Gracias a la pandemia nos dimos cuenta que, sin importar el formato: convivial o tecnovivial, es la responsabilidad ética y creativa lo más importante, pues bien sabemos que el teatro como el poema requiere de tiempo y estamos en ese tiempo, siempre lo estamos, además, preguntarnos: «¿sería que estaba cansado de ver tanto teatro o sería que nuestro teatro se estaba acomodando sin riesgos, ni ricas apuestas, ni aventuras sinceras?”.

Que, gracias a este confinamiento de mierda por la pandemia, nos dimos cuenta que lo que debemos cuidar y nutrir y acompañar y apoyar, no es el arte o el teatro en sí, sino a lxs artistas que, además, gracias a ustedes, lxs artistas (y a la comunidad médica) seguimos siendo rescatados de la desesperanza y la desesperación, logramos sobrevivirnos a la angustia y al terror, le extrajimos segundo a segundo tiempo al siempre posible e inminente final de las cosas, porque el teatro se hace todos los días contra la muerte.

Agradeciéndole a Kiosko teatral y a su director, William Guevara, por este espacio, les deseo un fértil y venturoso 2021, y que el telón nunca caiga, aunque sea de cristal líquido.

(A)POSTILLA: El 2020, además de ser el año de la pandemia y de originar cambios en el quehacer teatral y evidenciar la precarización de la vida del artista, también fue el año en el que se movió la luz cenital del proscenio hacia las sombras de la trasescena, y rechazar los actos de explotación laboral y violencia sexual por parte de algunos profesores y directores de teatro, además de despojar de eufemismos la complacencia y la complicidad sobre estos actos de personas que dicen defender el quehacer teatral, aunque sea convertido en un lugar inseguro y temeroso para la mujer.

Y como hacer teatro es un acto de resistencia y es en el quehacer teatral en donde se guardará lo que somos como creadores y lo que hemos hecho como seres humanos…

[1] LARIOS RUIZ, Shaday (2010). Escenarios post-catástrofe: Filosofía escénica del desastre. México: Paso de gato

One Response to Y como hacer teatro es un acto de resistencia…

  1. diego dice:

    Una reflexión necesaria en confinamiento, porque el teatro ha sido, es y será de miradas directas, de contacto real.
    El teatro es aquello que nos pone frente a nosotros a través de quienes nos ven.

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