Teatro comunitario e inclusivo en Buenos Aires, la ciudad más teatrera de Sudamérica

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Por Diego Jemio
Buenos Aires – 15 de diciembre de 2022

Fotografía de Magali Druscovich

Artículo y fotografía tomados de elpais.com

En la obra ‘El casamiento de Anita y Mirko’, que lleva 20 años de funciones en Argentina, todos los actores son vecinos. Convoca a cientos de personas en un barrio del sur de la ciudad.

Es una tarde clara en Buenos Aires. Las calles están eufóricas después de un triunfo de la selección que acaba de suceder. Lejos de esa algarabía, en un galpón del barrio de Barracas, hay un clima de ansiedad, pero por otras razones. Un grupo de actores se prepara para una función de El casamiento de Anita y Mirko, la obra que está cumpliendo 20 años, con la participación de vecinos de la zona sur de la ciudad. Se trata de un teatro hecho por “gente de acá a la vuelta”, como les gusta decir, que se convirtió en referente de teatro comunitario de Argentina.

En los vestuarios, mientras el salón se prepara para una obra en la que los espectadores son invitados a una boda, todos se maquillan y preparan su vestuario. No es fácil la logística y se necesita mucha armonía para convivir: en la obra actúan unas 80 personas. El número no es preciso y todos los actores-vecinos deben ser capaces de interpretar varios papeles por si un compañero no puede asistir. Es otra forma de entender el teatro. Y una mirada comunitaria a una actividad que en Buenos Aires está ultra profesionalizada.

La obra, que agota entradas todas las semanas, nació en 2001 en un contexto de gran crisis económica y social del país. “En aquel momento, convocamos a los vecinos del barrio interesados en participar. No se hacía casting. Solo se les pedía que se sumaran a un taller de integración. Imaginate el contexto histórico. Las rondas estaban llenas de gente con cara larga, muchos de ellos recién desocupados o desempleados”, cuenta Corina Busquiazo, directora y actriz del espectáculo.

Uno de los temas que se plantearon en esas charlas era el de la alegría. Surgieron preguntas como las siguientes: ¿Por qué siempre estaba en otros barrios? ¿Por qué nos vinculamos cada vez menos? Así nació la idea de una obra de teatro en la que todos participaran y tuviesen un pequeño texto; un espacio para chicos y grandes que recrea la unión de una mujer de familia italiana -estridente y colorida- y un hombre ruso, con familiares algo parcos y vestidos de negro.

“La fiesta de casamiento fue la excusa para vincularnos de otra manera y dejar de mirarnos mal. Durante dos horas, creamos una ficción que, de alguna forma, dice que hay otra forma de estar juntos y en comunidad. Los vecinos actúan con mucha verdad. Juegan con un nivel de inocencia tan grande que nunca dejan de deslumbrarme. No es fácil sostener dos horas en escena y lo hacen muy bien”, agrega la directora.

Los espectadores también cumplen un rol activo y deben romper algunas barreras. El espacio está planteado como una verdadera fiesta de casamiento, con mesas comunitarias en las que comparten bebida y comida. Como si todos fuesen una gran familia invitada a la fiesta.

El casamiento de Anita y Mirko es una de las creaciones del Circuito Cultural Barracas, que lleva 26 años de trabajo comunitario en este barrio, una de las zonas postergadas del sur de Buenos Aires. El grupo está compuesto por unas 200 personas que participan de forma activa y otros 500 vecinos que colaboran de forma desinteresada. Se paga un pequeño bono de menos de cinco dólares para mantener el espacio y cubrir los gastos y salarios del personal técnico.

El modelo de producción comunitario del circuito llamó la atención de grupos de Francia y España, que llegaron a formarse con ellos. Junto al Grupo Catalinas -otro de los históricos de la ciudad-, crearon la Red Nacional de Teatro Comunitario y forman parte de asociaciones latinoamericanas que trabajan en la actividad. “El invento del ser humano llamado teatro, con el tiempo, se convirtió en un hecho para unos elegidos, que trata temáticas individuales. Hacer ficción es hacer soñar algo a otra persona”, dijo Ricardo Talento, director general del Circuito Cultural Barracas. “Pero esa ficción siempre se produjo desde el poder. En nuestro caso, la comunidad comenzó a hacer ficción, que se transforma en una forma de vida y política. Proponemos una manera distinta de organización, que no se basa en la competencia sino en la colaboración. Acá están todas las generaciones juntas construyendo algo en común. Vienen de otros países a ver lo que hacemos, no porque sea de gran originalidad, sino porque proponemos algo que necesita la humanidad”, agrega.

Las generaciones a las que menciona se notan con solo ver los vestuarios. Hay chicos de ocho años y personas que rozan los 80. Hay taxistas, ingenieros, docentes, obreros… Todos juntos en una obra de teatro que es un pequeño hit en la ciudad más teatrera de Sudamérica.

“Esa diversidad que ves en escena también es corporal. Si vas a ver teatro independiente o comercial en Buenos Aires, todas las corporalidades son iguales. Por ejemplo, no hay gordos. Y los actores trabajan como si fuesen atletas. El teatro incluso adoptó una palabra más propia del ejército o del deporte que del arte: entrenar”, agrega Talento. En la obra, por ejemplo, participan dos personas con movilidad reducida. “En definitiva, el ser humano fue perdiendo los rituales en los que podemos, aunque sea ficcionalmente, jugar a que nos conocemos todos, comer juntos, beber juntos y bailar. ¿Qué otro lugar conocés en el que jueguen una persona de 15 años y una de 70? Eso sucede en el teatro comunitario, aunque para algunos no tiene prestigio porque son vecinos. O nos dicen que somos pintorescos, como una forma de sacarnos del mundo del arte”, dice.

Una de esas vecinas y actrices es María Eugenia Lanfranco. Cuenta que el grupo y la obra son “mi calzado cómodo” y lo que necesitaba en la vida. Habla de otra lógica, otra ideología… “Acá no hay marquesina y los personajes van rotando. Un día podés ser la madre de Anita y al otro un familiar del novio. Se domestica mucho el narcisismo, pero principalmente te cambia la mirada del mundo hablar desde el territorio. Y se genera una red muy linda entre los compañeros”, cuenta Lanfranco, que es socióloga y trabaja en una empresa de salud.

Esa red a la que hace referencia va más allá de la actuación y teje lazos de solidaridad. Por ejemplo, uno de los actores es físico y les da apoyo escolar a los chicos de la obra en los ratos libres. Otro es electricista y cada tanto arregla los desperfectos en la casa de sus compañeros actores.

“Hay una transmisión horizontal que no se ve en el afuera. Acá no se habla de política: se ejecuta. Es una política desde el hacer. Yo soy fisioterapeuta y mi trabajo es muy solitario con el paciente. Acá ese individualismo se rompe en el espacio escénico y en las mesas, cuando el público tiene que compartir con desconocidos. Actuar es un juego majestuoso”, dice Enrique Aquino, uno de los actores de la obra desde hace 16 años.

Marta Peluso se jubiló como maestra jardinera. En alguna ocasión, actuó en las obras de fin de año junto a los niños. Y se convirtió en actriz con El casamiento de Anita y Mirko, donde comenzó a participar desde el inicio de la obra. “Acá podemos estar con nuestros hijos en un mismo espacio compartiendo algo. En el vestuario hay ropa que era mía y puse cosas para la escenografía. Acá podés actuar por el valor de un bono, que ni siquiera es obligatorio. Es un espacio muy aglutinante”, se emociona Peluso.

La historia de Marcos Aurelio Chabón es particular. Jubilado como analista de sistemas, llegó al lugar como espectador. La obra le gustó y decidió sumarse al espacio. Interpreta al “Abueloski”, el abuelo de la familia rusa, y dice que la obra lo ayudó a dejar de ser acartonado. “Cuando llegué acá, estaba iniciando los trámites de jubilación. Será que me liberé un poco. Me hace sentir bien. Yo no sé si supera al psicólogo o lo suplanta, pero se transformó en mi cable a tierra”.

Cuando la obra comienza, el público también va perdiendo el miedo y rompiendo las estructuras. Los actores salen a la calle y juegan. Los tratan como familiares a los que no ven hace años. Todos entran en el supuesto teatral. Por dos horas, hay risas, bailes -de actores y espectadores-, comida y una copa de vino. Todos juntos en una fiesta de casamiento que se inventaron para encontrarse. “El ser humano se desarrolla y aprende jugando. Los chicos lo hacen todo el tiempo, pero cuando crecemos dejamos de hacerlo. También fuimos perdiendo los rituales comunitarios. El teatro es uno de los pocos que sobrevive. Por más tecnología que haya, necesitás a otro ser humano. Es lo único que nos queda”, finaliza Talento, impulsor de un teatro comunitario que crece y sigue convocando a centenares de vecinos.

Las familias de Anita y Mirko van dejando la sala. El clima es de fiesta. Entre el público, los que no se conocían terminan compartiendo los números telefónicos. La magia del encuentro comienza a suceder. Antes de irse, el grupo comienza a entonar una canción que los define y dice así: “Todo vale en esta fiesta. Los invitados, público en ella. Y los actores son de acá a la vuelta. Todos vecinos. No se sorprenda”.

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