Colectivo: El baúl de la fantasía
Crítico: Sebastián Salinas – Semillero de Crítica Teatral, iniciativa vinculada a la asignatura Análisis del espectáculo, correspondiente al segundo semestre del programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas
El 15 de agosto de 2026, a las 3:00 p. m., se presentó en el Centro Cultural Compartir Sumapaz la obra Valentina y la sombra del diablo, del grupo teatral El baúl de la fantasía Compañía de Títeres, escrita por la dramaturga Verónica Maldonado, en el marco del XXI Festival de Teatro y Circo de Bogotá.
La obra es un viaje hacia los recovecos de la infancia y, más específicamente, hacia sus heridas. Valentina, una niña que es obligada a “jugar” con el diablo, se enfrenta a un ser sombrío que aparece durante las noches en su habitación y que llena de miedo un espacio que debería ser seguro. A través de esta historia, la obra aborda el abuso infantil desde un lenguaje poético y metafórico, permitiendo que un público infantil se acerque a una problemática compleja sin necesidad de representarlo directamente.
Uno de los primeros aspectos que llama la atención es la manera en que se presenta a Valentina. La obra inicia con ella en su habitación, vestida de blanco, mientras el títere es manipulado por una mujer mayor vestida de negro. La dirección decide mantener visible a la titiritera, estableciendo desde el comienzo una relación particular entre ambos cuerpos. El contraste entre la edad de la actriz y la apariencia infantil del títere, así como entre el blanco y el negro, construye una atmósfera de nostalgia y extrañeza. Una mujer adulta que presta su cuerpo y su voz para hacer aparecer la experiencia de una niña permite pensar en el recuerdo de la infancia y, quizá, en aquello que permanece de ella con el paso del tiempo.
Esta idea se amplía con la presencia de una muñeca que es igual a Valentina. Se produce así un juego de reflejos: una actriz adulta manipula el cuerpo de Valentina y Valentina manipula una representación más pequeña de sí misma. El cuidado con el que Valentina trata a la muñeca y el maltrato que posteriormente recibe por parte del diablo hacen que el objeto funcione como una extensión de la propia niña, de su vulnerabilidad y de aquello que le sucede.
Aquí quiero enfatizar uno de los aspectos más importantes de la obra: la metáfora. Debido a que la obra aborda un tema tan sensible como el abuso infantil, este recurso resulta fundamental. El miedo que se transforma en piedras debajo de la cama, el pan del miedo y el diablo que obliga a Valentina a tragarse un collar de lágrimas son algunos ejemplos. Estas lágrimas posteriormente se convierten en un nudo en la garganta que le impide hablar del “diablo”. La imagen transforma una experiencia emocional en algo físico: aquello que Valentina no puede expresar queda atrapado dentro de su cuerpo.
Esto resulta especialmente significativo por tratarse de una obra que, aunque no está dirigida solo a niños, tiene una alta audiencia infantil. En lugar de mostrar directamente una situación de abuso, la obra utiliza imágenes que pueden ser comprendidas desde experiencias sencillas como llorar, sentir miedo o no poder hablar. La metáfora protege la sensibilidad del público infantil sin simplificar la problemática. El nudo en la garganta representa así el miedo, el silencio y la dificultad de contar aquello que está sucediendo. La obra consigue hablar de una situación profundamente dolorosa desde un lenguaje poético y accesible.
Esta construcción metafórica también está presente en el espacio escénico. Desde el inicio, la habitación de Valentina contiene elementos que permiten acercarnos a lo que este lugar significa para ella. Un ejemplo es el alambre de púas ubicado en el respaldo de su cama. La cama, que debería ser un lugar de descanso y protección, adquiere una dimensión amenazante y opresiva. El cuarto deja de ser simplemente el lugar donde duerme Valentina y se convierte en una representación de sus sensaciones y miedos.
Más adelante, la obra transforma el espacio y establece un contraste con el lugar del abuelo. Este espacio se percibe menos sombrío, acompañado por colores e iluminación más vivos y por elementos de la naturaleza, como un gran árbol lleno de lianas. El contraste entre ambos lugares fortalece sus atmósferas: mientras el cuarto de Valentina es cerrado, oscuro y opresivo, el bosque del abuelo aparece como un espacio más iluminado y pacífico.
El árbol también se transforma en relación con Valentina y con su capacidad de soltar sus miedos. Esto alcanza uno de sus momentos más claros en el pozo de agua, donde Valentina arroja las piedras que representan sus miedos. El pozo se transforma y una pequeña luz aparece desde su interior, iluminando por primera vez el rostro de Valentina. La imagen funciona como una representación de liberación: aquello que estaba dentro de ella puede finalmente ser arrojado y dejado atrás. De esta manera, la escenografía, la iluminación y los objetos no funcionan únicamente como elementos decorativos, sino que participan de la construcción emocional de la obra. Los espacios cambian a medida que cambia Valentina y permiten que aquello que el personaje siente pueda ser visto por el espectador.
La puesta en escena encuentra así una coherencia entre su temática y sus recursos: el miedo, el silencio y la posibilidad de liberarse se convierten en objetos, espacios, luces y transformaciones visibles. En este sentido, Valentina y la sombra del diablo encuentra en el lenguaje de los títeres y en la metáfora una forma efectiva de acercarse a una problemática difícil. La obra no necesita mostrar directamente el abuso para hablar de sus consecuencias; convierte aquello que Valentina no puede decir en imágenes que el espectador puede observar y comprender. Sin embargo, la obra no se limita a plantear una historia con un final feliz, sino que construye una reflexión que permanece más allá de la función y fortalece el espíritu crítico de su público infantil. Todo lo ocurrido tiene un peso trascendental en la vida de Valentina. Desde el comienzo, una mujer mayor presta su voz para que una niña pueda contar su herida, lo que sugiere que estas experiencias pueden permanecer en el tiempo.
Esta idea también aparece en el abuelo, quien todavía conserva a su propio “diablo” dentro de una jaula para impedir que salga. La obra construye así un imaginario que continúa después de que termina la historia: los personajes siguen cargando con aquello que vivieron y las heridas no se cierran simplemente porque haya terminado la función. La obra no propone entonces que las heridas desaparezcan. Más bien construye un universo en el que aquello que no puede decirse encuentra otra manera de hacerse visible. Y tal vez esa sea una de las posibilidades más poderosas del teatro de títeres en esta obra: darle cuerpo a aquello para lo cual todavía no se tienen palabras.
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