A propósito de la pandemia: El teatro y la peste

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Por Henry Díaz Vargas. Dramaturgo, actor y director de teatro nacido en Armenia – Quindío

Hoy no tenemos ni mecenas, ni dominamos el negocio. Solo gobiernos que a fuerza de luchas de los artistas se ha podido hacerles entender que el arte, la cultura, y el teatro en particular, son importantes para el alma de los hombres.

Al tenor de innumerables casos conocidos como asuntos de castigos, o desconocidos en el tiempo, la distancia o la simple desaparición, cuentan los estudiosos e intérpretes de escritos y leyendas que en el Antiguo Testamento aparece Dios para castigar a Salomón por falta cometida. Pero le deja escoger: Siete años de hambruna, tres meses de guerra o tres días de peste. Bueno, Salomón escogió la peste y el pueblo se apestó y se diezmó en solo tres días. La falta de un jefe de la comunidad es castigada arrasándole su pueblo. El castigo o muerte a un hombre es una tragedia, a una comunidad una estadística para la historia. Pero en la memoria perdura el hombre y el castigo, divino por excelencia. La miasma trae su crueldad y horror desde antes y el hombre lo sabe, la padece en el presente, le obnubila el futuro, pero le abre el entendimiento.

Comienza a entender que la vida tiene sentido, va más allá de lo propio y le pertenece a cada quien. Y cada quien es trasto de su propio destino. Convoca, pues, arropado por el susto, sus fantasías escondidas por la soberbia, la ambición y el poder. Como le ocurrió hace 2400 años a un hombre tan importante para la ciudad, la cultura y el arte, la economía, la guerra y la política, la personalidad y el poder que gobernó no mucho, pero a su tiempo le llaman el Siglo de Pericles.

Justo por esos tiempos, el mismo Pericles sufrió, en su familia, en sus guerras y sus ejércitos, su ciudad amada, pero asumida como muy propia, y su mundo conquistado, los efectos letales de la peste. A Pericles en su pensamiento no se le habían aparecido los dioses para que escogiera. La soberbia y el poder ocultan u olvidan los huéspedes: el miedo y la vulnerabilidad, ahí, cubiertos con el vaho de la incertidumbre. Y la peste es democrática, dicen muchos, otros más descreemos. Es la crueldad de la lógica, del sentido común, de que la especie humana es igual. Es una especie. Un conjunto se seres que nacen, crecen, se reproducen y mueren, pero se dividen en clases.

Pericles murió (429 AC), por la intensidad y virulencia de la peste. Por esta misma época de esplendor y el inicio de caída, (la peste contribuye así al declive del imperio griego), existieron hombres como Tucídides y Sófocles que tuvieron que ver con la peste de una u otra forma, o la peste con ellos. Año 430 AC. Tucídides como contradictor político de Pericles e historiador, punta de la lanza en la disciplina, que escribió de la peste (no existe claridad en la fecha), para que se identificara cuando volviera a aparecer y como tal: diagnósticos físicos y síquicos fueron en su lenguaje prosaico, preciso, descriptivo, objetivo, fuente que aún bebe la ciencia buscando pistas para el alivio. Negó las posibilidades de remedio de la peste mediante súplicas, ofrendas, rituales y oráculos divinos. La miasma era un fenómeno de la naturaleza. Se dice que confiado en su maestro Hipócrates fue su pensamiento. En mucho que coincidía con su contrincante Pericles, pero en nada con su amigo Sófocles.

Sófocles (Atenas 496 AC – 406), tema que nos convoca, como poeta dramático asume también desde su oficio la peste y la tragedia. Para efectos personales y de este momento entendemos como tragedia el castigo inmerecido. Caso de la obra Edipo Rey (430 AC). Edipo es de la casa de los Labdácidas, una familia mítica, como lo fue la casa de Agamenón y su familia (los Atridas). Los poetas griegos comenzaron a entender que el Estado griego, en la cúspide, padecía situaciones delicadas que no llevarían a buen fin al cabo del tiempo estas ciudades estados. Y el tiempo así lo ha atestiguado. La condición humana, a pesar del caos indescifrable, es predecible si se le mira con inteligente detenimiento y perversidad creativa.

Edipo es un caso mítico como personaje y como tal, en la oralidad y los escritos desde Homero, le hacían matizaciones, modificaciones, variaciones y apreciaciones a su legendaria existencia, hasta hoy día. El pensamiento de aquella época, era importante para la sociedad que creía en su fábula, afamada como puente entre el hombre, los dioses y su trato con la existencia. La tragedia escrita para ser puesta en escena le da carnalidad al mito. Se vuelven universales sus caracteres, con significados que perduran en el tiempo. El teatro había adquirido, al renunciar a los dioses y dedicarse a los hombres, la capacidad y lucidez para ser vehículo universal de verdades éticas, morales, políticas y religiosas, económicas y sociales, y contener en él todas las demás artes. Escribimos de La tragedia y la comedia.

Vistas así las cosas y entre las múltiples interpretaciones, representaciones y conceptualizaciones del mito, ¿cómo entra en Edipo Rey, de Sófocles, la peste?

Dramatúrgicamente es el elemento fundamental (la falta, el subtexto y la pandemia, el detonante), para construir su obra maestra. La misión policíaca perfecta: El investigador descubre que él mismo es el asesino. El público conoce el mito y cuántas versiones seguramente habrá visto u oído y se apresta en este nuevo festival dionisíaco de 430 AC, ateniense, a ver qué de nuevo viene con Edipo y de la pluma de uno de los más grandes de su época, alumno del otro inmenso, Esquilo. ¿Cómo iniciar de manera diferente una historia tan conocida? Un hombre que asesina a su padre, se casa con su madre y tiene cuatro hijos con ella. Seguramente se dirá que la peste la lleva el hombre en su alma, así sea un castigo. Pero quien padece la peste física es el pueblo, la ciudad de Tebas donde reina Edipo y vive con su esposa que es su madre. Ninguno de los dos lo sabe.

Esta circunstancia viene desde antes, cuando Layo joven comete falta sexual contra Crisipos y se le maldice: Tendrá un hijo que lo matará y se casará con su propia madre y tendrá hijos. Layo no hace caso, aunque el oráculo se lo recuerda, contraviene los vaticinios y se casa con la joven Yocasta. Y tienen un hijo: Edipo. Al nacer el niño reciben la misma predicción. Edipo, a quien no bautizan los padres mismos, sino otros padres: Edipo, pies torcidos, donde el destino emplazó al niño con los pies estropeados por los hierros puestos para que, al ser abandonado, muerto por un pastor de confianza de la familia, no pudiera escapar, si sobrevivía. Pero un vaticinio de origen divino es firme, incorruptible y se cumple. El niño es favorecido por la misericordia del pastor de confianza de la familia real. Edipo sin saberlo y en crecimiento va cumpliendo poco a poco su ruta al trágico destino, en medio de desafíos, encuentros, desencuentros, esguinces existenciales, adivinanzas y equívocos. En el momento propicio salva la ciudad de Tebas de la Esfinge, se casa, vive como rey con su esposa-madre-reina y tiene cuatro hijos. De un momento a otro, llega la peste a sacar al rey de la comodidad de gobernante salvador y amado, convertido en grande de la ciudad de Tebas. Un rey que no sabía quién era ni quienes eran sus padres. Era un enigma fatal gobernando, sostenido por una maldición profética.

El inicio de la obra es cuando llegan a palacio los sacerdotes y le manifiestan que la ciudad está llena de peste y que las ofrendas, ornamentos, súplicas y lamentaciones no surten efecto contra la miasma contaminante de muerte dolorosa de las mujeres gestantes, los niños, los hombres, los animales, las cosechas son arrasadas sin clemencia, el hambre se apodera de la humanidad. Se necesita del salvador Edipo para que conjure el mal con su poder y sabiduría. El Oráculo le dice que para salvar la ciudad de la peste hay que arrojar de la ciudad al causante de la muerte de Layo que se encuentra allí. Edipo, soberbio, promete que irá hasta el confín de la justicia para castigar al culpable y saciar la furia divina para que extermine la peste y liberar, de nuevo, su ciudad de Tebas. Edipo emprende la investigación narrada dramatúrgicamente de manera magistral, el recuento de la trama antiquísima es renovada mediante diálogos iluminadores de personajes complejos que generan acción dramática, suspenso, emoción, lástima, piedad y terror, por Sófocles. Es un torrencial dramático, hasta que el mismo protagonista descubre que él fue quien dio muerte a Layo, su padre, está casado con su madre, tiene cuatro hijos con su madre y es el causante de la peste. Yocasta se suicida.

El mismo se juzga y se castiga. Edipo cumple lo prometido, se saca los ojos, y se auto expulsa de la ciudad con las dos niñas, Antígona e Ismene, quienes lo llevan de la ciudad al destierro bajo el escarnio de la población. Edipo recibe el castigo prometido por los dioses ante la desobediencia de Layo a los designios divinos. Edipo recibe un castigo inmerecido. Y la peste se acaba. No nos atrevamos a injuriar a los dioses. No. Sófocles culpa a los dioses por la peste, Tucídides a la naturaleza. El teatro marca la grandeza y decadencia de un imperio.

El arte, la historia, ante un mismo acontecimiento nefasto. Tucídides y Sófocles enfrentando un mismo problema hace 2500 años, que aún nos sigue arrasando como humanidad. Hasta que otro hombre en medio de azotes pestilentes, que nos llama la atención, asume la peste como eje principal de una de las obras maestras de la humanidad moderna. William Shakespeare en Romeo y Julieta.

Un momento también esplendoroso por el brillo histórico del teatro. Es la época Isabelina en Inglaterra, exactamente en Londres. Renombrada y con autores dramáticos tan luminosos como los de la época citada. Shakespeare nace en Stratford en 1564 y muere allí mismo en 1616. Es una época de Inglaterra en crecimiento, idioma en formación y desarrollo, búsqueda de posicionamiento diplomático en el continente y allende los mares. Una ciudad en ebullición, costumbres groseras, de libertinaje en la calle y en lo privado y la vida dura, muy dura para el teatro. Con puerto dinámico, por lo tanto, ciudad activa de plagas de rata y pulgas que circulaban portando y esparciendo la peste bubónica que obliga a cerrar los teatros y antros de juego y peleas con animales. En la entrada sur al puente sobre el rio se encontraban cabezas decapitadas de rebeldes políticos, religiosos o mercaderes de la miseria, expuestas en picas para escarmiento. Y ambiente y carteles de persecución de los puritanos a los teatros.

Londres, esta que se vive, no se ve en Romeo y Julieta, es “la bella Verona”, que también como toda Italia y Europa, padecía los brotes y epidemias. Atenas tampoco en Edipo, es Tebas. Pero la peste está ahí, allí, aquí. Como si no quisieran que pasara en su ciudad a pesar de estar en todas partes, los autores nombran otros espacios para sus narraciones. En la realidad mencionar la enfermedad es convocarla, entonces no es bueno tener el mal de la propia ciudad en el escenario, así sea ficción. El escenario del teatro es misterio, ilumina y convoca. Como Macbeth con su maldición, dicen los mismos ingleses.

De las treinta y cinco obras del dramaturgo se destaca una donde la peste tiene su aporte decisivo en la trama del relato teatral. No tan invasiva como en Edipo, pero si definitiva dramáticamente. Es una obra fuera de Londres, en la bella Verona, Italia, Romeo y Julieta.

Shakespeare bebió de las crónicas de Holinshed y otras fuentes para sus obras. El Rey Lear tiene muchas vertientes y una representación de una obra sobre el mismo tema y personaje había sido llevada a cabo en 1605 y él la retomó para escribir su drama del Rey y sus hijas. Igual se escribe que fue por la repartición de tierras que pensaba hacer el rey Jacobo a unos nobles y la estrenó en 1606, después de una epidemia ante el rey Jacobo I de Inglaterra. Romeo y Julieta, también fue tomada de un poema traducido de un folletín, con nombre parecido, que rondaba en los círculos de los que sabían leer y de los que gustaban escuchar. En el Rey Lear se hace referencia a la peste en la voz del monarca cuando increpa su hija Gonerile con palabras impregnadas de la peste:  tumor, úlcera pestífera, hinchado carbunclo en mi sangre corrompida».

A pesar de la dificultad para tener fechas referentes a la vida y escritura del bardo de Stratford y considerando que la urgencia propia era la actividad, el trabajo, antes que la posteridad, Romeo y Julieta, se cree, se dice, parece que fue escrita en 1596, a los 32 años, siendo una historia de amor en medio de peleas de clanes de abolengo y de la peste. Ambiente nada especial, como otras enfermedades, en Londres o cualquier ciudad puerto de Europa, en nada extraña como elemento argumental en una representación teatral o en la narración oral de las comunidades. En varias obras hay referencias leves al respecto y hasta en sus poemas de amor se encuentran referencias a la miasma. No está por demás recordar que la peste era la causante de pérdidas cuantiosas de las compañías, hasta la quiebra de los teatros, obligados a cerrar cuando en Londres durante la semana las muertes, por la epidemia, eran más de treinta. Para los hombres que vivían del teatro era la parte nefasta de su actividad. Los tatros eran fructíferos en verano y en verano se incrementan las pestes.

La historia de amor de Romeo y Julieta es tan intrigante, arriesgada, sostenida y vigorosa que opaca la importancia de la epidemia que azota la ciudad, en cuarentena, por cierto, y la disputa de las familias enfrentadas Montesco y Capuleto. Además, así lo plantea el narrador al público al inicio de la función: “Los trágicos pasajes de su amor, sellado con la muerte, y la constante saña de sus padres, que nada pudo aplacar sino el fin de sus hijos, va a ser durante dos horas el asunto de nuestra representación”. Igual Romeo se lo expresa a Benvolio: “…Tal es el amor que siento sin sentir en tal amor amor alguno… El amor es humo engendrado por el hálito de los suspiros…”.  En Edipo, el énfasis al inicio de la obra es la peste en la ciudad. Dice, en un aparte, el sacerdote: “… las fiebres abrasan la ciudad, dios de la peste que despuebla la casa de Cadmo” …

La obra es de jóvenes, con jóvenes en reyerta comienza y con pena de amor juvenil del protagonista por un amor pasado. Confinado por amor negado de Rosalina se encuentra Romeo hasta que rogado llega al baile.

Romeo y Julieta se enamoran en el baile de máscaras. Otro elemento dramático de suspenso e inquietud. Y comienza el romance más famoso que termina por ser una tragedia. Para efectos de lo que escribimos, tragedia es castigo inmerecido como hemos señalado con Edipo Rey. Y lo trágico es dramático, fatal, más que la mala suerte de los amantes, como puede ser catalogado por los escépticos de los asuntos del amor literario. Más casi nunca se habla de la peste como elemento puntual de la historia. Si la carta llega a su destino sería un final feliz la obra no existiría, seguramente. Habiendo sido Romeo desterrado a Mantua por causarle la muerte a Teobaldo, después de haberse casado con Julieta a escondidas por Fray Lorenzo, esta va a ser obligada por su padre Montesco a casarse con el Conde Paris. Fray Lorenzo y Julieta traman el plan de la muerte ficticia y se le avisará a Romeo por medio de una carta toda la estrategia. Recordamos entonces que la ciudad está en cuarentena y el fraile Juan es el encargado de llevar la carta para darle aviso a Romeo. El fraile Juan y su amigo acompañante son retenidos por la guardia como sospechosos de estar cuidando enfermos de la peste y son encerrados y la puerta clausurada. Luego Fray Juan rinde informe.

Fray Juan: Yendo en busca de un hermano descalzo de nuestra orden, que se hallaba en esta ciudad visitando los enfermos para que me acompañara, y al dar con él los celadores de la población, por sospechas de que ambos habíamos estado en una casa donde reinaba la peste, sellaron las puertas y no nos dejaron salir. De suerte que aquí tuve que suspender mi diligencia para ir a Mantua.

Fray Lorenzo: ¿Quién llevó, entonces, mi carta a Romeo?

Fray Juan: No la pude mandar, aquí está de nuevo, ni pude hallar mensajero alguno para traerla: tal temor tenían todos a contagiarse.

Fray Lorenzo: ¡Suerte fatal! Por mi santa orden, que no era insignificante la misiva.

La carta no llega a Romeo y sucede la tragedia por todos conocida. Qué vulnerabilidad la del hombre. La de las familias, la de una ciudad…

La reina Isabel, su reinado se denomina época isabelina, hija de Enrique VIII, de fuerte decisión, de recia personalidad, fue tocada apenas por la epidemia de la viruela antes de los 30 años, la que le obligó a usar un menjurje de carbonato de plomo y huevo, blanco, como maquillaje para tapar las cicatrices de su rostro. Emplasto que con el tiempo le quitó por completo el hermoso, abundante y rojo cabello. Y según algunos historiadores la llevó virgen hasta el sepulcro. El reinado isabelino es el inicio del florecimiento y el crecimiento del imperio británico en medio de su desbarajuste político, religioso, económico y apestoso hasta que 60 años después de la muerte de Shakespeare, sobreviene un incendio bíblico en Londres que amainó por mucho tiempo las pestes. Con Edipo, hace 2500 años el imperio griego cae y con Romeo y Julieta, 500 años, el imperio inglés crece.

Ojalá todo pudiera reducirse a esto. Pero fueron dos eventos catastróficos entre infinitos de los que ha sufrido la especie humana, que demuestran su vulnerabilidad y a los que tanto le ha temido. La historia nos registra la peste con cifras aproximadas de seres con muertes pestilentes, sufrientes y un hombre y una mujer como cabezas de imperios nos sirven de referencias. El teatro nos deja dos historias y unos personajes tan humanos y entrañables como sus enseñanzas y desventuras de origen divino o natural. Aún perduran en los escenarios y en todos los idiomas del mundo y aunque parezcan inverosímiles hoy en día son creíbles en el escenario.

El miedo ha acompañado al hombre siempre. Su vulnerabilidad ha estado de manifiesto siempre. Y siempre el hombre será temeroso, vulnerable. Como hoy, cuando padecemos en carne propia el miedo y la vulnerabilidad. El temor es directamente proporcional al crecimiento del hombre. Entre más potestad más temor. Ahora podremos tener diagnósticos, identificaciones de los brotes, la cifra de los muertos, tal vez vacunas, pero ¿y la cura total?…

Y, en medio de la pandemia, los teatros cerrados, por supuesto. Y, hoy, ya en bancarrota. Los griegos tenían a los ricos que los patrocinaban en las fiestas dionisíacas, los ingleses tenían mecenas y dominaban el negocio. Hoy no tenemos ni mecenas, ni dominamos el negocio. Solo gobiernos que a fuerza de luchas de los artistas se ha podido hacerles entender que el arte, la cultura, y el teatro en particular, son importantes para el alma de los hombres y no son un lujo sino una expresión de infinita humanidad. Pero no quieren escuchar. Solo miran a cuenta gotas para cumplir, nunca para crecer. Nulo amor al ser humano, puro amor al hedonismo económico más catastrófico que una pandemia.  Los imperios y los ejércitos han pasado con pena y sin gloria dejando solo registros y cifras de humillación, saqueos, sangre, desolación y crueldad. Destrucción y abandono a la basura de las industrias es su legado para envenenar el mundo. El arte nos ha permitido conocer el alma del hombre desde el principio de la humanidad. El arte nos hereda la sabiduría, la inteligencia, el humanismo y sus personajes teatrales deciden si quedan o no quedan para la posteridad. Estos dos ejemplos nos demuestran que el teatro es para la Memoria humana fundamento de futuros mejores, mientras tanto, para hacernos más amables el miedo y la vulnerabilidad.

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