Iván Darío Álvarez (Libélula Dorada): entre los objetos y los actores.

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Por Carlos Moisés Ballesteros P.

Dramaturgo, director teatral y columnista 

Artículo escrito en el marco de la Beca de periodismo y crítica de las artes 2022 – 2023 que hace parte del proyecto ganador Hacía una mirada panorámica de la evolución de la dramaturgia bogotana y sus principales protagonistas, a través de la historia del Festival de teatro y circo de la ciudad de Bogotá.

Iván Álvarez es sin lugar a duda uno de los inolvidables procesos que se pueden documentar de la evolución de nuestra dramaturgia a partir de las ediciones del Festival de Teatro y Circo organizado por Asosalas. Cuando observamos el amplio panorama de creaciones que han circulado por el festival podemos reconocer que muchas de las prácticas de creación escénica tradicionales del teatro bogotano han apostado por la adaptación literaria y la creación colectiva como principio creador. Lo anterior ha tenido grandes exponentes y muestras textuales, sin embargo, la falta de documentación dentro de muchas compañías de la ciudad ha dejado enormes vacíos en la constitución de una dramaturgia propia, que explore el quehacer de la escritura como ejercicio de escritorio y, que por supuesto, entienda sus devenires en el mundo y la historia. Por su parte, el teatro desarrollado por la Libélula Dorada es una excepción muy particular a este tipo de ejercicio. Con Iván Darío Álvarez como su dramaturgo oficial, el grupo se ha permitido explorar la escena desde territorios a la vanguardia, tan contemporáneos, como necesarios para la creación de un teatro de objetos en la ciudad. Obras como el Dulce encanto de la isla Acracia, Espíritus Lúdicos o Este chivo es puro cuento, textos seleccionados para este artículo, son una muestra de cómo Álvarez, en complicidad con el equipo de la Libélula Dorada, ha logrado construir una dramaturgia irreverente, necesaria, que avanza en sus preguntas, permitiéndose madurar con cada nuevo espectáculo.

Álvarez escribe siempre para ser montado por la Libélula Dorada, uno de los grupos de teatro de títeres más representativo de nuestra ciudad, contando ya con 47 años de actividad artística. Está claro que en este tipo de práctica dramatúrgica, escribir puntualmente para ser montado siempre por el mismo equipo permite la evolución de procedimientos; con Álvarez estamos al frente de un escritor que aborda la escena pensando todo el tiempo en la materialidad final que será objeto del espectáculo; los títeres. Y, a medida que avanzan sus montajes, la obra misma se cuestiona por la naturaleza de los títeres y su relación con el titiritero que los ejecuta.

En Este chivo es puro cuento, por ejemplo, Álvarez propone que los titiriteros en realidad no están en frente de una obra terminada sino de un ensayo que, a medida que va avanzando en la historia, permite a los manipuladores, en tanto personajes, tomar decisiones sobre lo que va apareciendo en la escena. Este formato explorado por Álvarez, posibilita jugar con el tiempo: detener la historia, cuestionar el final y avanzar con la representación, sin dejar de ser consciente de ser una pieza de ficción.

También en los Espíritus lúdicos se explora la relación del personaje con la construcción de la obra. Tito y Tato, sus protagonistas, son conscientes de la manipulación de la que han sido objeto por los titiriteros desde el principio de la historia. Esto les hace tomar partida sobre la fábula desde otra orilla; revelar al manipulador y cuestionarlo sobre sus intenciones. Aquí de nuevo el teatro revela el artificio para construir otro tipo de relación compleja entre el espectáculo-espectador, espectador-historia, personajes-intérpretes, intérpretes-ficción.

También la escritura de la ficción es muy particular y definida. Asistimos a una serie de obras que son diseñadas pensando en el público infantil, pero que también encuentran forma de llegar a un receptor adulto: la elección de las tramas, su forma de ocurrir y los recursos del habla de los personajes nos permiten tener diferentes niveles de valoración de la metáfora que se construye dentro de la historia, pero también de la forma en la que ha sido concebida la experiencia del espectáculo. La fábula progresa de un modo no tradicional, es episódica y más cercana a la idea del viaje del héroe, más frecuente en el cine y la narrativa que en el teatro. Con los títeres, desde luego, los cambios de espacio y los saltos de tiempo, se solucionan con darle vuelta al biombo que usan como plataforma, lo cual también queda explicitado en el texto.

En cuanto a las temáticas planteadas, las obras son una mezcla importante de referentes que van desde Alicia en el País de las Maravillas o la travesía de El Mago de Oz en la fábula planteada en Espíritus Lúdicos, pasando por la influencia del anarquista Malatesta en la elaboración de los personajes de El dulce encanto de la isla Acracia. Por otro lado, cada una de estas obras cuenta con una estructura muy particular en la que puedo reconocer dos o tres personajes a través de los cuales progresa la historia. Sin embargo, son innumerables personajes de pequeña aparición los que le otorgan los estímulos para su movimiento.

Resulta importante, a pesar de que no se trate de un elemento de la escritura, pensar en cómo, la influencia de un detalle como la naturaleza de los títeres, refuerza una estrategia que se puede sentir con claridad en la forma en que se ensamblan los episodios de las obras. Esta circunstancia técnica, tiene como resultado la proposición de un tipo de viaje en el que son pocos los personajes de amplia aparición, lo cual tiene que ver con el número de manipuladores que estarán a cargo de llevar la representación en curso.

Hay algo inquietante del estilo de Iván Álvarez que quisiera señalar antes de terminar esta primera entrega de los inolvidables del Festival de Teatro de Bogotá: uno de los procedimientos que usa para reforzar los planos de realidad que construye dentro de la experiencia es la introducción continua del verso con el fin de resaltar un plano de realidad de la ficción que le permita contrastarlo con el de la meta-teatralidad, es decir, teatro dentro del teatro. Así se refuerza, por ejemplo, el plano de lo espectacular con la rima y el de la meta-teatralidad con la prosa o viceversa, un trabajo de gran rigor que aporta a su escritura una potencia particular.

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Puede leer los otros nueve artículos que completan este proyecto, dando clic aquí.

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